¿Cómo cambia tu cuerpo y tu mente al ser padre?
Mike MunayCompartir
Estás en el suelo del salón, con las rodillas en una postura que hace cuatro años habrías considerado un castigo. Tu hijo te pasa una pieza de LEGO y te dice que es una nave espacial. Tú le dices que es la mejor nave que has visto en tu vida. Y sabes que no es una nave. Pero también sabes que no estás mintiendo.
Hace cuatro años dormías ocho horas. Leías en silencio. Tomabas decisiones pensando solo en ti. Tu cuerpo era tuyo. Tu tiempo era tuyo. Tu mente era tuya. Hoy tienes ojeras que ya no son ojeras, son parte de tu cara. Tienes una paciencia que no sabías que existía y una impaciencia que tampoco conocías. Descubriste miedos que no tenían nombre y capacidades que no sabías que tenías. Aprendiste que la vulnerabilidad no es debilidad, sino que es el estado natural de alguien que tiene algo que perder. La preocupación vive en ti, el futuro, su futuro, el mundo, su desarrollo. Ese motor ya nunca se para.
Cambiaste. No como cambia alguien que toma una decisión, sino como cambia alguien que es transformado. Desde dentro. Desde un lugar al que la voluntad no llega. Y aquí está lo que nadie te dice.
La paternidad no es solo una experiencia emocional. No es solo psicología. Es biología. Tu cerebro se reconfiguró. Tus niveles hormonales se alteraron el día que sostuviste a tu hijo por primera vez. Tu corteza prefrontal reorganizó sus prioridades sin pedirte permiso.
La evolución lleva millones de años preparando ese momento. No elegiste ser otra persona. La ciencia lo eligió por ti.
Eso es lo que ocurre, aunque casi nadie te explique cómo va a cambiar tu cuerpo y tu cerebro al ser padre.
Cómo cambia el cerebro al ser padre: la transformación invisible
Cuando nace tu hijo, algo cambia en tu cerebro aunque no lo notes de inmediato. No es una sensación abstracta, es un proceso medible.
El cerebro paterno sufre una reorganización estructural y funcional durante los primeros meses de crianza. Se activan con mayor intensidad áreas relacionadas con la empatía, la atención y la recompensa, en particular el circuito mesolímbico dopaminérgico, el mismo que media la motivación y el refuerzo, pero ahora orientado hacia un estímulo muy concreto: tu hijo o hija.
Un estudio publicado en Cerebral Cortex demostró que los padres que participan activamente en la crianza muestran un aumento de materia gris en la corteza prefrontal, el hipotálamo y la amígdala durante los primeros cuatro meses postparto. La amígdala, implicada en la detección de amenazas, se vuelve hipersensible. Y no de forma genérica: se recalibra para discriminar con precisión señales de peligro relacionadas con tu hijo, un llanto distinto, una respiración irregular, un silencio fuera de patrón... seguro que si eres padre ya empiezas a darte cuenta de lo que te hablo.
La corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones y la regulación emocional, empieza a priorizar el cuidado y la protección por encima de la autopreservación. No es que decidas ser más responsable y antepongas el bienestar de tus hijos al tuyo. Es que tu arquitectura neural empieza a operar bajo nuevas reglas. No lo puedes evitar.
Es biología. Y puede que sea lo más profundo que la ciencia haya descubierto sobre lo que significa ser humano.
Oxitocina, vasopresina y testosterona: las hormonas que reescriben tu conducta
La paternidad también es una historia hormonal. Y tiene cifras concretas.
En 2011, un estudio longitudinal de la Universidad Northwestern publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences siguió a 624 hombres durante 4,5 años.
La testosterona desciende. Niveles más bajos se asocian con mayor sensibilidad paterna, una respuesta más rápida al llanto del bebé y menor impulsividad. Tu cuerpo reduce la agresividad y la competición para priorizar la atención y el cuidado.
Los hombres con niveles más altos al inicio tenían más probabilidades de convertirse en padres, pero tras la paternidad experimentaban descensos medianos del 26% en la testosterona matutina y del 34% en la vespertina. Quienes dedicaban tres o más horas diarias al cuidado directo mostraban niveles aún más bajos. La relación es bidireccional: niveles altos facilitan el emparejamiento, y la paternidad los reduce. El organismo disminuye la señalización androgénica, desactiva circuitos de competencia y redirige recursos hacia la sensibilidad y la atención sostenida. La biología reajusta prioridades sin pedir permiso.
Los niveles de oxitocina, el llamado "neuropéptido del vínculo", aumentan de forma sostenida en padres que mantienen contacto piel con piel y juego activo con sus hijos.
Su papel es más complejo de lo que suele contarse. Un estudio de Ruth Feldman y colaboradores, publicado en Biological Psychiatry, analizó los niveles plasmáticos en 160 madres y padres primerizos durante las primeras semanas postparto y a los seis meses. Aumentaron de forma progresiva en ambos casos, sin diferencias significativas entre madres y padres. Sin embargo, la oxitocina materna se asoció con conductas de contacto afectivo (forma de hablar, expresión de afecto), mientras que la paterna se vinculó con conductas de contacto estimulatorio (contacto propioceptivo, estimulación táctil, presentación de objetos). La misma molécula, modulando patrones conductuales distintos según el progenitor.
Solo los padres que proporcionaban altos niveles de contacto estimulatorio mostraban un incremento de oxitocina tras la interacción. La oxitocina no es simplemente "la hormona del abrazo". Es un modulador que refuerza el estilo parental específico de cada progenitor, un mecanismo de retroalimentación positiva que consolida los patrones de cuidado a medida que se practican.
La vasopresina, menos conocida, juega un papel crucial: modula el reconocimiento social y la conducta protectora en mamíferos machos. Estudios en primates y roedores muestran que variaciones en los receptores V1a de vasopresina predicen con notable precisión el grado de implicación paterna.
En combinación con la prolactina y la oxitocina, explica hasta el 38% de la varianza en la sincronía afectiva padre-hijo. Además, la paternidad aumenta la densidad de espinas dendríticas (pequeños puntos donde las neuronas se conectan) y de receptores V1a de vasopresina en la corteza prefrontal, de forma selectiva, sin afectar otras regiones como la corteza occipital.
Esto es lo que ocurre cuando hablamos de cómo cambia el cerebro al ser padre: una reconfiguración funcional y estructural, hormonal y sináptica, diseñada por millones de años de presión selectiva para garantizar la supervivencia de otro ser humano.
Neuroplasticidad en la paternidad: tu cerebro se reorganiza para cuidar
El cerebro es plástico, que no de plástico. Y la paternidad es uno de los estímulos más potentes de cambio en el cerebro adulto.
La repetición de conductas de cuidado (alimentar, calmar, jugar, observar...), fortalece circuitos neuronales específicos mediante un mecanismo conocido como plasticidad dependiente de experiencia.
Cada interacción con tu hijo activa la red de cuidado parental: un circuito global que conecta la amígdala con la vía dopaminérgica mesolímbica (núcleo accumbens, área tegmental ventral), la ínsula, la corteza cingulada y el hipotálamo. Cuanto más se activa este circuito, más se consolidan sus conexiones sinápticas.
Un estudio publicado en PNAS demostró que, entre todos los padres estudiados, el tiempo dedicado al cuidado infantil se correlacionaba directamente con la conectividad funcional entre la amígdala y el surco temporal superior, es decir, con la integración entre el procesamiento emocional y la comprensión social.
En modelos animales biparentales, se ha comprobado que es la experiencia de cuidado, no la reproducción en sí misma, la que impulsa los cambios neuroplásticos: machos no-padres expuestos a crías mostraron una densidad de espinas dendríticas hipocampales similar a la de los padres biológicos, junto con una regulación al alza de genes implicados en neurogénesis y plasticidad sináptica. No hace falta la concepción: basta con cuidar.
Una revisión de 2019 en Nature Reviews Neuroscience concluyó que el cerebro paterno constituye un modelo de gran plasticidad neural impulsada por actos de cuidado diario comprometido, que ocurren sin los cambios hormonales del embarazo y el parto Nature. Además, datos recientes sugieren que esta neuroplasticidad asociada a la paternidad podría conferir beneficios al envejecimiento cerebral a largo plazo, alterando las trayectorias de deterioro cognitivo décadas después.
Cambios físicos en los padres: cuando el cuerpo también se adapta
Aunque se habla menos de ello, el cuerpo del padre también cambia, y no de forma anecdótica.
Un estudio longitudinal de la Universidad Northwestern, publicado en el American Journal of Men's Health, siguió a 10.253 hombres durante 20 años, desde la adolescencia hasta los treinta. Los padres que convivían con sus hijos aumentaron de media un 2,6% su índice de masa corporal (IMC) tras el nacimiento del primer hijo, unos 2 kg para un hombre de 1,80 m. Los padres no convivientes también ganaban peso, aunque menos, mientras que los hombres sin hijos lo reducían. El efecto se mantuvo tras ajustar por edad, raza, nivel educativo, ingresos, actividad física, tiempo de pantalla y matrimonio, lo que apunta a un impacto específico de la paternidad.
El cambio más profundo ocurre en el sueño. La fragmentación crónica del descanso durante los primeros meses, y a menudo años, actúa como un estresor metabólico. La privación sostenida desregula el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA), elevando el cortisol vespertino, que debería descender en ese momento del día. Esto altera la señalización de insulina, aumenta la resistencia a la glucosa y favorece el almacenamiento de grasa.
La restricción de sueño también eleva la ghrelina (apetito) y reduce la leptina (saciedad), generando una señal neuroendocrina que promueve la ingesta excesiva. Además, incrementa marcadores inflamatorios como IL-6, TNF-α y proteína C reactiva, asociados a estrés sistémico, mayor riesgo cardiovascular y deterioro cognitivo.
Existe además el síndrome de couvade, aún no completamente explicado. Entre el 25% y el 60% de los hombres con parejas embarazadas presentan síntomas físicos como náuseas, dolor abdominal, cambios de apetito, alteraciones del sueño y aumento de peso. No se clasifica como trastorno médico, pero se ha relacionado con fluctuaciones en prolactina, cortisol y testosterona durante el embarazo de la pareja.
Privación de sueño, estrés y energía: el coste biológico de ser padre
Dormir peor no es una anécdota, es uno de los cambios biológicos más relevantes de la paternidad.
Una revisión sistemática con actigrafía (medición objetiva del sueño mediante sensores de muñeca) muestra que tras el nacimiento de un hijo disminuyen el tiempo total y la eficiencia del sueño (proporción de tiempo realmente dormido), mientras aumenta la vigilia tras el inicio del sueño. El deterioro es más intenso en las primeras cuatro semanas, pero sigue siendo detectable al menos hasta las dieciséis semanas postparto.
Esta fragmentación tiene efectos neurocognitivos específicos. La privación de sueño incrementa la reactividad de la amígdala y reduce su conectividad con la corteza prefrontal, clave en la regulación emocional. Se traduce en mayor impulsividad, menor control inhibitorio, más irritabilidad y peor toma de decisiones. También compromete la consolidación de la memoria (dependiente del sueño NREM y REM) y afecta a funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la planificación y la flexibilidad cognitiva, especialmente sensibles a la restricción de sueño.
En padres, el impacto es clínicamente relevante. Una revisión en Sleep Medicine Reviews describe el sueño deficiente y la fatiga como condiciones persistentes durante el primer año postnatal, asociadas a síntomas depresivos, deterioro de la relación de pareja y problemas de seguridad laboral. Aproximadamente 1 de cada 10 padres presenta síntomas compatibles con depresión postparto, y la calidad del sueño a los seis meses predice su intensidad a los doce.
Aun así, el cerebro se adapta. La plasticidad neural refuerza los circuitos de cuidado y compensa parcialmente el deterioro cognitivo. La corteza prefrontal opera bajo estrés, mientras la red de cuidado parental (amígdala, sistema de recompensa, surco temporal superior) mantiene una vigilancia selectiva orientada al hijo.
Cómo cambia la percepción del riesgo y la toma de decisiones
Antes asumías riesgos de una manera, ahora los evalúas de otra. Mas que maduración, es un cambio en la farmacología de tu sistema nervioso.
La percepción del riesgo en hombres depende en gran parte de dos sistemas que la paternidad modifica, el eje testosterona-amígdala y la conectividad prefrontal-límbica. La testosterona desciende tras convertirse en padre, y ese descenso altera la toma de decisiones. En mamíferos machos, esta hormona favorece competencia, agresividad intraespecífica, búsqueda de apareamiento y asunción de riesgos. Su caída forma parte del mecanismo fisiológico que regula el equilibrio entre esfuerzo de apareamiento y esfuerzo parental (challenge hypothesis). En especies con cuidado paterno, aumenta durante el emparejamiento y disminuye al iniciar la crianza, reduciendo la señal química asociada a competir y arriesgar.
En paralelo, la paternidad reorganiza la conectividad de la amígdala (detección de amenazas y relevancia emocional). En padres primerizos, el tiempo de cuidado se correlaciona con mayor conectividad entre la amígdala y regiones de cognición social como el giro supramarginal, el giro postcentral y el lóbulo parietal superior. La amígdala aumenta su reactividad a señales del hijo (llanto, respiración, silencio) y se integra con circuitos corticales que interpretan esas señales en contexto.
Este ajuste modifica el umbral de alerta. Padres y madres muestran mayor activación amigdalar ante el llanto infantil que los no padres, y la amígdala paterna discrimina con mayor precisión señales relevantes para la supervivencia del hijo. Estímulos antes neutros pasan a activar respuestas de evaluación.
La reducción de testosterona también se asocia con menor asunción de riesgos financieros y sociales. En finanzas conductuales, el rendimiento agresivo de gestores con alta ratio facial ancho-alto (proxy de exposición a testosterona) disminuye tras matrimonio o paternidad, en línea con cambios en agresividad.
Menos testosterona, mayor integración amígdala-corteza y mayor sensibilidad a la amenaza contextual redefinen los criterios de riesgo.
¿Por qué algunos hombres cambian más que otros al ser padres?
No todos los padres experimentan los mismos cambios con la misma intensidad. A diferencia de la madre, que atraviesa una cascada hormonal durante el embarazo (estrógenos, progesterona, prolactina, oxitocina), el padre no pasa por un proceso gestacional ni presenta alteraciones hormonales por el simple hecho de que su pareja esté embarazada. No existe un equivalente biológico que prepare automáticamente su cerebro para la crianza.
La transformación se activa con la experiencia directa de cuidar. Los descensos de testosterona son más marcados en quienes dedican más tiempo al cuidado, la oxitocina aumenta con el contacto estimulatorio activo, y la conectividad amígdala-corteza se refuerza en función del tiempo invertido en la crianza. La densidad de espinas dendríticas en la corteza prefrontal aumenta con la experiencia parental, no con la concepción. En modelos animales, machos no-padres expuestos a crías desarrollan cambios neuroplásticos comparables a los de padres biológicos.
La implicación directa (alimentar, calmar, jugar, sostener, observar, responder) actúa como estímulo de los cambios neuronales, hormonales y estructurales descritos.
Cómo cambia el cerebro al ser padre frente a la maternidad: similitudes y diferencias
Una de las preguntas centrales en neurociencia de la parentalidad es si el cerebro del padre y de la madre cambia de la misma forma. Ambos activan una red neural común, pero acceden a ella por vías biológicas distintas y con patrones de activación diferentes.
El punto de partida es diferente. La madre inicia una transformación durante el embarazo impulsada por una cascada hormonal (estrógenos, progesterona, prolactina, oxitocina) que multiplica sus niveles basales. Estas hormonas actúan sobre el cerebro, con reducciones de materia gris en la red por defecto (precúneo, corteza cingulada posterior, corteza prefrontal medial) durante la gestación, seguidas de aumentos en áreas corticales y subcorticales en el postparto (hipotálamo, amígdala, hipocampo, corteza frontal). Se trata de una especialización funcional orientada a la detección y respuesta a señales del recién nacido.
El padre no atraviesa este proceso gestacional y sus hormonas no cambian durante el embarazo (salvo posibles efectos del síndrome de couvade). Sus cambios cerebrales dependen del cuidado postnatal. Estudios de neuroimagen muestran reducciones de volumen cortical en la red por defecto y el sistema visual, junto con aumentos de materia gris en hipotálamo, amígdala, estriado y corteza prefrontal lateral durante los primeros meses de crianza. En madres los cambios abarcan estructuras corticales y subcorticales de forma amplia, en padres se concentran más en regiones corticales.
A nivel funcional, un estudio de 2014 en PNAS con resonancia magnética funcional identificó dos redes interconectadas, procesamiento emocional (estructuras subcorticales y paralímbicas) y mentalización (circuitos corticales). Las madres mostraron mayor activación en la red emocional, especialmente en la amígdala, mientras los padres activaron con mayor intensidad los circuitos sociocognitivos, en particular el surco temporal superior.
En padres homosexuales cuidadores primarios se observó un patrón híbrido, alta activación amigdalar y del surco temporal superior, junto con mayor conectividad funcional entre ambas regiones. En todos los padres, el tiempo de cuidado se correlacionó con la conectividad amígdala surco temporal superior.
La oxitocina muestra niveles similares en madres y padres durante los primeros meses, pero con conductas asociadas distintas, en madres se relaciona con contacto afectivo (caricias, vocalizaciones), en padres con contacto estimulatorio (juego propioceptivo, exploración, estimulación táctil).
La temporalidad también difiere. En madres, la neuroplasticidad comienza en el embarazo y se intensifica en el postparto inmediato. En padres, los cambios son graduales y dependen de la exposición al cuidado.
Datos recientes indican que en ambos sexos la crianza se asocia con menor edad cerebral estimada en la mediana edad, mejor memoria visual y tiempos de reacción más rápidos, efectos vinculados a estilos de vida asociados al cuidado.
Tu cerebro se reescribe cuando eres padre
La paternidad reorganiza tu cerebro, altera tus hormonas y reconfigura tus circuitos neuronales. No es una metáfora: es biología medible.
Tu cerebro se reconfigura para proteger
En los primeros meses de crianza, el cerebro paterno aumenta la materia gris en regiones clave. La amígdala se vuelve hipersensible a las señales de tu hijo: un llanto distinto, una respiración irregular, un silencio fuera de patrón.
Las hormonas que reescriben tu conducta
Tu cuerpo reduce la agresividad y la competición para priorizar la atención y el cuidado. Es un mecanismo diseñado por millones de años de evolución.
Estudio longitudinal de Northwestern (624 hombres, 4,5 años)
Tu cerebro se reorganiza para cuidar
Cada interacción con tu hijo fortalece circuitos neuronales específicos. Cuanto más cuidas, más se consolidan las conexiones. No hace falta la concepción: basta con cuidar.
Cuando el cuerpo también se adapta
El cuerpo del padre cambia de forma medible. Desde el índice de masa corporal hasta la arquitectura del sueño, la paternidad tiene un coste biológico real.
El coste biológico de la vigilancia
La privación de sueño no es anecdótica. Incrementa la reactividad de la amígdala, reduce la conectividad prefrontal y compromete la consolidación de la memoria. Aun así, el cerebro compensa.
Cómo cambia tu evaluación del peligro
No es maduración. Es un cambio en la farmacología de tu sistema nervioso. Menos testosterona + mayor integración amígdala-corteza = nuevos criterios de riesgo.
Misma red neural, vías distintas
Ambos activan una red neural común de cuidado, pero acceden a ella por caminos biológicos diferentes y con patrones de activación distintos.
En parejas heterosexuales, las madres activan sobre todo la red emocional (amígdala), y los padres los circuitos sociocognitivos (surco temporal superior). Cada progenitor parece "especializarse" en una vía. ¿Es el sexo biológico lo que determina esa especialización, o es el rol de cuidado?
Al estudiar a padres homosexuales que eran cuidadores primarios (sin madre presente en la crianza), se encontró un patrón híbrido: activaban simultáneamente la red emocional (amígdala) y los circuitos sociocognitivos (surco temporal superior), con una conectividad funcional entre ambas regiones más alta que en madres o padres heterosexuales por separado.
alta
moderado
moderada
alto
alta
alto
El cerebro no tiene un "modo madre" y un "modo padre" predeterminados por el sexo. Tiene una red completa de cuidado que se activa según la demanda real: cuando un hombre asume el rol de cuidador primario, su cerebro recluta ambas vías, la emocional y la sociocognitiva, para cubrir todas las necesidades de la crianza. Es la experiencia de cuidar, no el sexo biológico ni el embarazo, lo que determina cómo se configura el cerebro parental.
La evolución lleva millones de años preparando este momento. No elegiste ser otra persona. La biología te transformó desde dentro, para garantizar la supervivencia de otro ser humano.
Science DrivenFAQs. Preguntas frecuentes sobre como cambia el cuerpo del padre con la paternidad
¿La paternidad cambia realmente el cerebro de un hombre?
Sí. La evidencia muestra que durante los primeros meses de crianza el cerebro paterno puede reorganizarse tanto a nivel funcional como estructural. Se modifican regiones relacionadas con la empatía, la atención, la motivación, la detección de amenazas y la regulación emocional, de modo que el cuidado del hijo pasa a ocupar una prioridad biológica real.
¿Qué zonas del cerebro se alteran más en los padres primerizos?
Entre las regiones más implicadas destacan la corteza prefrontal, la amígdala, el hipotálamo y circuitos del sistema de recompensa como la vía mesolímbica dopaminérgica. Estas áreas participan en la toma de decisiones, la vigilancia, la respuesta emocional y la motivación para cuidar, proteger e interpretar señales del bebé.
¿Qué hormonas cambian en el padre cuando nace un hijo?
La paternidad se asocia con cambios en testosterona, oxitocina, vasopresina, prolactina y cortisol. En muchos hombres la testosterona desciende, mientras que la oxitocina y otros moduladores del vínculo aumentan en contextos de contacto y cuidado, favoreciendo conductas más sensibles, protectoras y orientadas a la crianza.
¿Por qué la testosterona baja en algunos padres después del nacimiento?
La disminución de testosterona parece formar parte de una adaptación biológica que reduce la competitividad y la impulsividad para facilitar la atención sostenida, la sensibilidad al llanto y la implicación en el cuidado. No se interpreta como un problema en sí mismo, sino como un reajuste fisiológico coherente con la inversión parental.
¿La experiencia de cuidar influye más que el simple hecho de tener un hijo?
Sí. La investigación sugiere que muchos de los cambios cerebrales y hormonales se intensifican con el cuidado directo. Alimentar, calmar, jugar, observar y responder al bebé actúan como estímulos que consolidan la plasticidad neural, de modo que la implicación cotidiana tiene un papel decisivo en cómo se transforma el cerebro paterno.
¿El cuerpo del padre también cambia o solo cambia su mente?
También cambia el cuerpo. La paternidad puede asociarse con aumento del índice de masa corporal, alteraciones del sueño, mayor fatiga, cambios metabólicos y variaciones en la respuesta al estrés. No todo se explica por emociones o cansancio subjetivo, porque existen efectos biológicos medibles que acompañan la adaptación a la crianza.
¿Por qué dormir mal durante la paternidad afecta tanto al bienestar?
Porque la fragmentación del sueño no solo genera cansancio, sino que altera funciones clave del cerebro y del metabolismo. Puede aumentar la irritabilidad, empeorar la regulación emocional, afectar a la memoria y a la toma de decisiones, además de asociarse con más estrés, peor recuperación física y mayor vulnerabilidad psicológica durante el primer año.
¿Existen diferencias entre cómo cambia el cerebro del padre y el de la madre?
Sí, aunque ambos comparten una red neural de cuidado. En la madre, la transformación comienza ya durante el embarazo impulsada por una intensa cascada hormonal. En el padre, los cambios suelen depender más de la experiencia postnatal de cuidado. Ambos cerebros pueden llegar a priorizar la crianza, pero lo hacen a través de trayectorias biológicas distintas.
¿La paternidad puede modificar la percepción del riesgo y la forma de decidir?
Sí. Los cambios hormonales y la reorganización de circuitos entre la amígdala y la corteza prefrontal pueden hacer que el padre se vuelva más sensible a señales de amenaza y más cauteloso en su evaluación del peligro. Esto afecta tanto a decisiones cotidianas como a la manera en que interpreta situaciones que antes parecían neutras.
¿La ciencia sugiere que la paternidad podría tener efectos duraderos en el cerebro?
Sí. Algunos trabajos recientes plantean que la neuroplasticidad asociada al cuidado podría dejar huellas a largo plazo e incluso relacionarse con trayectorias de envejecimiento cerebral más favorables. Aunque todavía se sigue investigando este punto, la idea de que la paternidad produce efectos persistentes está ganando respaldo científico.
Referencias
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1 comentario
He levantado la ceja , reído y he aprendido muchas cosas . Me ha parecido impresionante el artículo porque partimos de algo tan natural como ser padres pero sin saber el porqué de tantas situaciones internas en nuestro cuerpo o qué nunca nos preguntamos. Muy interesante, sorprendente y muy claro. Gracias por ayudarnos a entendernos.