Las células del hijo que viven en la madre durante toda la vida
Mike MunayCompartir
Hay una idea que las madres llevan interiorizada desde siempre, mucho antes de que existieran los libros, las pruebas o los nombres complicados y es la idea de que un hijo o hija nunca termina del todo donde termina su presencia física, de que un hilo invisible, tendido en algún lugar entre el vientre y el alma, sigue uniéndolas a esa criatura aunque crezca, aunque se marche, aunque se vaya a vivir al otro lado del mundo.
Las madres lo cuentan en voz baja, casi pidiendo permiso, porque saben que suena a superstición, aunque tengan mil pruebas. Pruebas como aquella noche en la que supieron que algo iba mal antes de que sonara el teléfono, que se despertaron llorando sin motivo justo a la hora de un accidente de su hijo o que sintieron en el pecho un miedo ajeno que no era suyo y resultó ser el de su hija que estaba en un mal momento...
Hay incluso gestos más pequeños, del día a día, que pertenecen a esa misma categoría casi mística. La madre que mira el móvil un segundo antes de que vibre y sabe, sin saber cómo, que es su hija el que está al otro lado. La que estaba pensando en él justo cuando llega el mensaje. La que cuando le llaman a la puerta sabe que es un hijo y no el cartero antes de abrir la puerta.
"No es magia", dicen ellas encogiéndose de hombros, es algo que solo que una madre sabe. Sin ningún tipo de sentido racional que se conozca.
Durante siglos, esa certeza ha viajado de abuela a madre y de madre a hija como una herencia íntima, una forma de saber que no se aprende y que no se explica. En casi todas las culturas existe la misma creencia de que el cordón que se corta al nacer no se corta del todo. Algo queda. Algo sigue latiendo a la vez, en dos cuerpos distintos, como si una parte del hijo permaneciera para siempre en la madre, y una parte de la madre se hubiera marchado con él.
Lo llaman instinto, lo llaman intuición, lo llaman amor, pero todas esas palabras se quedan cortas para nombrar esa sensación de estar habitada por otra vida, incluso cuando esa vida ya respira a kilómetros de distancia.
Y durante mucho tiempo, todo esto se quedó ahí, en el territorio de lo que no se demuestra.
Se le llamó superstición de pueblo, manía de madres, sexto sentido, casualidad disfrazada de presagio. Se dijo que era intuición, magia menor, una forma tierna de pensamiento mágico... Se archivó en el cajón de lo espiritual, junto a las cosas que la ciencia no había sabido explicar. Porque una conexión inexplicable, un misterio bonito, un asunto del alma más que del cuerpo... eran cosas que no cabían en ningún libro de ciencia.
Algo que las madres sentían, sí, pero que ningún microscopio iba a confirmar jamás.
Hasta que, un día, la ciencia se asomó a mirar.
Y descubrió lo que desde siempre ya se sabía.
Microquimerismo feto-materno
Hay una frontera que el cuerpo humano no recuerda haber cruzado, y sin embargo la cruzó siempre. Ocurrió en silencio, como ocurren las cosas verdaderamente importantes.
Una madre, dormida ajena a lo que estaba sucediendo en su interior, no supo que en ese instante dejaba de ser una sola persona. Siempre se supo que, durante meses, ella va entregando al bebé partes de si misma: cada nutriente, cada gota de oxígeno, cada hormona que viaja desde su cuerpo para que ese otro cuerpo, todavía un proyecto de vida del tamaño de unas pocas células, llegue a ser un humano funcional. Una madre, al fin y al cabo, construye a su hijo con pedazos de sí misma.
Lo que casi nadie sospechaba es que el viaje, en realidad, iba en las dos direcciones. Que en esa misma corriente, el hijo aún sin nombre le devolvía una constelación clandestina de sí mismo: millones de copias de su ADN, células enteras dispuestas a quedarse a vivir dentro de ella mucho después de que se cortara el cordón.
La ciencia, que rara vez se levanta a aplaudir, aplaude aquí.
Lo llama microquimerismo feto-materno, y descubre con asombro que es una conversación bidireccional. Del feto a la madre viajan células que se instalan, obstinadas, en su corazón, en su hígado, en su cerebro, en su tiroides, en su médula. De la madre al feto viajan otras tantas, que se alojan en los tejidos del hijo y permanecen allí por siempre, dividiéndose y regenerándose durante toda su vida.
No son visitas. Son residencias. Años después de que el parto haya sido olvidado por el calendario, esas células siguen latiendo en secreto, reparando heridas, encendiendo alarmas, acompañando enfermedades, quizá curándolas. Cada cuerpo que ha gestado y cada cuerpo que ha sido gestado se convierte, sin saberlo, en un mosaico habitado por el otro. Un intercambio de células que quedarán para siempre como un huella inequívoca de parentesco.
Entonces uno se pregunta, con el vértigo de quien mira un abismo hermoso, si esto es biología o si es el primer poema que escribe el amor antes de tener palabras. Porque si una madre y un hijo intercambian, literalmente, trozos de sí mismos, y si esos trozos viajan hasta el corazón del otro y se quedan a vivir allí, la frase te llevo dentro deja de ser metáfora y se vuelve realidad.
El duelo por un hijo es también una célula que busca en la sangre a otra célula que solía responderle. La nostalgia de un hijo por su madre muerta es también un tejido materno que sigue latiendo en él, aunque la voz ya no llegue por el aire.
Lo espiritual y lo molecular se dan, por fin, la mano.
Este artículo trata de esa mano tendida. Del instante en que el microscopio mira lo que los místicos intuyeron siglos antes de que existiera el microscopio. De cómo el amor quizá no sea solo una emoción, sino un fenómeno celular heredable, persistente, compartido en ambas direcciones, que desafía la muerte con la terquedad callada de lo que se niega a marcharse.
Lo que viene a continuación es ciencia rigurosa. De como trabajan esas células fantasma que no se esperaban. Células que, en este mismo momento, mientras lees esto, quizá estén reparando el corazón de una madre con células de hijo, o el corazón de un hija con células de su madre.
Lo que dice la ciencia
El microquimerismo feto-materno es la presencia estable, en el cuerpo de una mujer que ha estado embarazada, de un pequeño número de células genéticamente distintas procedentes del feto que gestó.
Durante el embarazo, a través de la placenta, no solo viajan nutrientes y oxígeno: también cruzan, en ambas direcciones, células enteras. Algunas de esas células fetales, entre ellas células madre con gran capacidad de adaptación, consiguen instalarse en los tejidos maternos, integrarse en ellos y permanecer activas durante décadas, en ocasiones durante toda la vida de la madre. El resultado es que el cuerpo de una mujer que ha sido madre deja de ser, en sentido estricto, un organismo formado por un único genoma: se convierte en un mosaico biológico habitado, en parte, por su propia descendencia.
El fenómeno comenzó a describirse a finales del siglo XIX, cuando el patólogo alemán Georg Schmorl, en la Universidad de Leipzig, observó en 1893 células trofoblásticas fetales en los pulmones de mujeres fallecidas por eclampsia, demostrando por primera vez que material celular del feto podía alcanzar la circulación materna.
Durante el siglo XX el hallazgo permaneció como una curiosidad histológica, hasta que en 1996 el equipo de Diana W. Bianchi, en la Universidad Tufts (Boston, Estados Unidos), publicó en PNAS la prueba de que células fetales con cromosoma Y (es decir, de hombre) persistían en la sangre de mujeres hasta veintisiete años después del parto. Aquel trabajo abrió formalmente el campo del microquimerismo feto-materno tal y como hoy lo entendemos.
Desde entonces se ha confirmado, mediante técnicas de PCR y secuenciación, que estas células fetales no se limitan a circular: colonizan tejidos.
- Se han identificado en sangre periférica, médula ósea, hígado, pulmón, riñón, tiroides, piel, corazón y cerebro de mujeres que habían sido madres años o décadas antes.
- Se ha demostrado además que poseen capacidad de diferenciación, integrándose como células funcionales en distintos órganos, y que se concentran de forma llamativa en zonas de daño tisular, participando en procesos de reparación tras infartos, cirugías o lesiones.
- También se ha documentado su implicación en la modulación del sistema inmunitario materno, con un papel ambivalente: protector frente a algunos cánceres, como el de mama, y posible factor contribuyente en determinadas enfermedades autoinmunes, como el lupus o la esclerodermia.
Hay algo difícil de leer sin emoción en este dato: cuando una madre se hiere, células de sus hijos acuden en silencio al borde de la herida y ayudan a cerrarla, como si una parte de ellos siguiera cuidando del cuerpo que un día los acogió. Y la imagen funciona también al revés, porque en el cuerpo del hijo permanecen células de la madre, dispuestas a hacer lo mismo cuando él se rompa, de modo que cada uno repara al otro durante toda la vida sin que ninguno de los dos llegue a saberlo.
La investigación actual se centra en delimitar con precisión hasta dónde llega esa influencia.
- Se estudia el papel de las células fetales en el cerebro materno, donde se han detectado en autopsias y donde podrían intervenir en la plasticidad neuronal, el estado de ánimo o ciertas patologías neurodegenerativas como el Alzheimer.
- Se analiza también su contribución real a la longevidad y a la regeneración tisular, así como su implicación en el riesgo o la protección frente a enfermedades autoinmunes y oncológicas.
- Otras líneas de trabajo exploran el microquimerismo en sentido inverso, es decir, las células maternas que permanecen en el hijo, el efecto acumulativo de embarazos sucesivos, abortos y donaciones de sangre, y las posibles aplicaciones diagnósticas y terapéuticas, desde pruebas prenatales no invasivas basadas en ADN fetal hasta terapias regenerativas inspiradas en la biología de estas células.
El microquimerismo feto-materno, lejos de ser un capítulo cerrado, es hoy uno de los frentes más activos y más sorprendentes de la biología humana contemporánea.
¿Y entre hermanos? Gemelos, mellizos y el legado que viaja a través de la madre
El microquimerismo no es solo un asunto entre madre e hijo. La misma lógica biológica que permite el intercambio celular a través de la placenta hace posible que esas células viajen también, de forma indirecta, entre hermanos, e incluso, en el caso de los embarazos múltiples, de un hermano a otro durante la propia gestación.
Hay, por tanto, dos escenarios distintos que conviene separar: el de los gemelos y mellizos que comparten útero al mismo tiempo, y el de los hermanos nacidos en embarazos sucesivos, que nunca coincidieron en el cuerpo de la madre pero que pueden, aun así, llevar células el uno del otro.
- En el caso de los gemelos monocigóticos, los llamados gemelos idénticos, el intercambio celular intrauterino es frecuente y a menudo masivo, sobre todo cuando comparten una misma placenta (gestación monocoriónica). A través de las anastomosis vasculares que conectan ambas circulaciones fetales, fluyen células sanguíneas y progenitores hematopoyéticos de un gemelo a otro, dando lugar a lo que en hematología se conoce desde hace décadas como quimerismo sanguíneo gemelar.
- En los mellizos o gemelos dicigóticos, que proceden de dos óvulos distintos y por tanto son genéticamente diferentes, este fenómeno también ocurre, aunque con menor frecuencia, cuando sus placentas se fusionan parcialmente.
- En esos casos, cada hermano puede portar en su sangre, su médula ósea o ciertos tejidos un porcentaje estable de células del otro, con un genoma distinto al propio. Se han descrito incluso situaciones llamativas en las que un mellizo conserva células germinales de su hermano y podría, en teoría, transmitir a su descendencia material genético que no es estrictamente suyo.
El segundo escenario es más sutil y, en cierto modo, más sorprendente.
Cuando una mujer ha tenido un primer embarazo, su cuerpo guarda durante años células de ese primer hijo. Si más adelante vuelve a quedarse embarazada, esas células fetales antiguas, que ya forman parte de los tejidos maternos, pueden atravesar de nuevo la placenta y llegar al feto siguiente.
El resultado es que un hermano menor puede nacer portando en su organismo células de un hermano mayor al que aún no ha visto, transmitidas a través del cuerpo de la madre como un mensajero silencioso entre embarazos.
Este microquimerismo de origen fraterno se ha documentado en sangre de cordón umbilical y en distintos tejidos infantiles, y se sospecha que podría modular el desarrollo del sistema inmunitario del recién nacido, su tolerancia frente a determinados antígenos e incluso su susceptibilidad a ciertas enfermedades.
El fenómeno se complica todavía más si se tienen en cuenta los embarazos no llevados a término. Abortos espontáneos o interrupciones tempranas también dejan células fetales en la madre, y esas células pueden, igualmente, viajar a hijos posteriores.
Esto significa que muchas personas portan en su cuerpo, sin saberlo, fragmentos celulares de hermanos que nunca llegaron a nacer, además de los que sí llegaron.
La biología, en este punto, parece extender el concepto de familia más allá de lo que la genealogía clásica reconoce, y trazar entre hermanos un parentesco celular real, hecho de células vivas que han recorrido un camino largo: del primer hermano a la madre, de la madre al siguiente, y de ahí a permanecer durante años en órganos, tejidos y cicatrices.
La investigación sobre este microquimerismo entre hermanos es todavía joven y está cargada de preguntas abiertas. Se estudia su impacto en la respuesta inmunitaria de los hijos posteriores, su posible papel en el éxito o el fracaso de trasplantes entre hermanos, su influencia en enfermedades autoinmunes familiares y el modo exacto en que estas poblaciones celulares persisten, se renuevan o desaparecen con el tiempo.
Lo que ya nadie discute es que, en el cuerpo humano, las fronteras genéticas entre los miembros de una misma familia son bastante más porosas de lo que la intuición sugiere.
Una última cosa, para las madres que estén leyendo
Si has llegado hasta aquí siendo madre, conviene que pares un momento, que respires, y que mires tu cuerpo de otra manera. Porque lo que la ciencia ha descubierto, en el fondo, no es nada que tú no supieras ya.
Solo le ha puesto nombre, microscopio y fecha a algo que tú llevas sintiendo desde la primera noche en que dormiste con la mano sobre la tripa. Que tu hijo no se fue del todo cuando nació. Que sigue ahí. Que sigue dentro.
Cada vez que te cortas cocinando, cada vez que te operan, cada vez que te haces una herida tonta en una rodilla que ya no es joven, pequeñas células de tus hijos acuden a esa herida, en silencio, y ayudan a cerrarla.
No lo saben. No deciden hacerlo. Simplemente, una parte de ellos, la parte que un día viajó de su cuerpo al tuyo a través del cordón, sigue cuidándote. Y mientras tanto, en el cuerpo de ellos, lejos, en otra ciudad, en otra casa, células tuyas están haciendo exactamente lo mismo.
Cuando tu hijo se cae, tú estás reparándolo aunque no lo sepas. Cuando tu hija llora a kilómetros, una parte tuya está dentro de su pecho, latiendo con ella.
Aquella vieja sospecha de que te duele cuando le duele no era un cuento de abuelas: era anatomía, era biología, era amor escrito en lenguaje celular.
Si tienes más de un hijo, hay algo todavía más increíble. Tus hijos llevan células los unos de los otros. El pequeño guarda dentro fragmentos vivos del mayor, que viajaron desde tu cuerpo hasta el suyo cuando aún no había nacido. Sin haberse visto nunca, ya se conocían. Sin haber jugado nunca juntos, ya se cuidaban. Esa complicidad que a veces te sorprende entre ellos, esa manera de reconocerse sin palabras, no empezó en la primera mirada: empezó en ti, hace años, mientras tú eras el puente.
Y si alguna vez perdiste un embarazo, si hubo un hijo que no llegó, hay algo que tal vez te consuele saber. Esas células también se quedaron. No fue un viaje en vano. Ese hijo te dejó dentro un rastro propio, un pedacito celular que sigue contigo, y que incluso pudo viajar a los hermanos que vinieron después. De algún modo muy real, muy físico, ningún hijo se va del todo. Ninguno. Los que se hicieron mayores, los que se marcharon de casa, los que viven al otro lado del mundo, los que ya no están, y los que ni siquiera llegaron a tener un nombre. Todos siguen latiendo en algún rincón de ti y de sus hermanos pequeños.
Por eso, cuando esta noche te mires al espejo, recuerda esto: tu cuerpo no es solo tuyo. Nunca lo ha sido, desde el día en que decidiste hacer sitio para alguien más.
Eres, literalmente, el lugar donde tus hijos siguen viviendo. Y ellos son, literalmente, el lugar donde tú seguirás viviendo cuando ya no estés. La biología te lo confirma con datos, con cifras, con artículos científicos.
Pero tu corazón hace mucho que no necesitaba pruebas, siempre lo supo.
Infografía
Microquimerismo feto-materno
El cuerpo que un día gestaste sigue dentro de ti. El tuyo, dentro del suyo. La biología convierte en literal lo que las madres siempre supieron.
celular documentada
colonizados
del intercambio
Una conversación que va en dos direcciones
A través de la placenta no solo viajan oxígeno y nutrientes. Cruzan células enteras, en ambos sentidos, y se quedan a vivir en el otro durante décadas.
Dónde se instalan las células fetales
No circulan: residen. Se han identificado mediante PCR y secuenciación en al menos nueve tejidos maternos, integrándose como células funcionales que reparan, modulan y acompañan.
Un siglo desde la primera observación
De una autopsia en Leipzig a la prueba molecular definitiva en Boston. Tres hitos para entender cómo la ciencia llegó a confirmar lo que las madres siempre intuyeron.
El parentesco celular que pocos sospechan
Las células de un primer hijo se quedan en la madre. Cuando llega un segundo embarazo, esas células antiguas pueden cruzar la placenta y llegar al hermano que aún no ha nacido.
Cuando una madre se hiere, células de sus hijos acuden en silencio al borde de la herida y ayudan a cerrarla, como si una parte de ellos siguiera cuidando del cuerpo que un día los acogió.
Bianchi, D. W., Zickwolf, G. K., Weil, G. J., Sylvester, S., DeMaria, M. A. (1996). Male fetal progenitor cells persist in maternal blood for as long as 27 years postpartum. PNAS, 93(2), 705–708.
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2 comentarios
Gracias!! Me ha encantado y emocionado. Un artículo lleno de ternura científica que me ha dado la razón a situaciones que no encontraba explicaciones hasta leer tan bonito artículo lleno también de sentimientos. Siempre supe qué seguía dentro de mí .
Lindo Artículo, y mucho más bello saber que no solo es presentimiento, premonición o sexto sentido; que es CIENCIA👌👍👏👏👏💪💪💪. Qué reconfortante entender y saber que estamos mucho más que unidas y que siempre CUIDAMOS UNA DE LA OTRA❤️😍. Gracias por compartir este hermoso artículo 💪👏👏👏👏👏