Qué le ocurre al cuerpo humano en gravedad cero
Mike MunayCompartir
Estamos acostumbrados a ver astronautas flotando en las películas del espacio donde todo parece fácil y divertido, pero la realidad es más difícil y nuestro cuerpo afronta un desafío enorme para adaptarse a la vida sin gravedad.
Desde el primer momento en que una nave sale de la atmósfera, el cuerpo empieza a hacer cosas rarísimas: los fluidos se van a la cabeza, los músculos comienzan a debilitarse y hasta tomarte un vaso de agua se convierte en toda una aventura. Y eso es solo el principio.
¿Sabes realmente lo que le pasa a tu cuerpo cuando deja de sentir la gravedad?
En este artículo te cuento cómo reacciona el cuerpo humano ante la ingravidez, qué pasa con las tareas más cotidianas allá arriba y cómo los astronautas consiguen adaptarse a un entorno que no se parece en nada a todo lo que conocemos aquí abajo.
Prepárate un café que hoy aprendes cosas del espacio.
¿Qué es la gravedad cero y a partir de que distancia de la tierra comienza?
Lo primero que hay que aclarar es que la gravedad cero como tal no existe. Lo que los astronautas experimentan se llama microgravedad, una situación en la que la gravedad sigue actuando pero sus efectos prácticamente no se sienten. Sin embargo, la razón por la que ocurre no es siempre la misma. Depende de dónde esté la nave y qué esté haciendo.
Caso 1: orbitando alrededor de la Tierra
Cuando una nave orbita la Tierra, como hace la Estación Espacial Internacional a unos 408 km de altitud, la gravedad terrestre sigue siendo aproximadamente el 90% de la que sentimos en la superficie. Lo que ocurre es que, como ya explicamos en el artículo de cómo funcionan los satélites, la fuerza centrífuga generada por el movimiento orbital se iguala exactamente con la fuerza gravitacional que tira de la nave hacia la Tierra, de forma que la resultante de fuerzas es cero y la nave no cae. La nave y todo su interior se encuentran en ese equilibrio perfecto, viajando a unos 27.600 km/h. Como todo está sometido a las mismas fuerzas en igual medida, nadie nota el tirón gravitacional y todo parece flotar. No es ausencia de gravedad, es un equilibrio de fuerzas que produce el mismo efecto.
Caso 2: viajando fuera de la órbita terrestre hacia otro planeta
Cuando una nave deja la órbita y viaja hacia otro destino, como Marte o la Luna, la situación cambia. La nave ya no está en caída libre alrededor de la Tierra, sino que se desplaza a través del espacio interplanetario. En esa zona, la influencia gravitacional de la Tierra se va debilitando con la distancia siguiendo la ley de la gravedad de Newton, donde la fuerza se reduce con el cuadrado de la distancia. A medio camino hacia la Luna, a unos 192.000 km de la Tierra, la gravedad terrestre es apenas el 0,03% de la que hay en superficie. En el viaje a Marte, que puede durar entre 6 y 9 meses, los astronautas pasan la mayor parte del trayecto en una zona donde las influencias gravitacionales de todos los planetas cercanos son tan débiles que el resultado práctico es prácticamente el mismo: microgravedad.
La diferencia clave entre los dos casos es que en órbita la microgravedad se debe a la caída libre continua alrededor de un planeta, mientras que en el viaje interplanetario se debe al alejamiento progresivo de cualquier fuente de gravedad significativa. En ambos casos el efecto que siente el astronauta es muy similar, pero el origen físico es distinto.
¿Qué efectos tiene la microgravedad sobre el cuerpo humano?
El cuerpo humano lleva millones de años evolucionando bajo la influencia constante de la gravedad terrestre. Todos nuestros sistemas, desde el corazón hasta los huesos, están diseñados para funcionar con ese tirón de 9,8 m/s² actuando sobre ellos. Cuando esa referencia desaparece, el organismo responde con una cascada de cambios que afectan prácticamente a todos sus sistemas.
A nivel respiratorio
En microgravedad, los pulmones siguen funcionando con normalidad en cuanto a intercambio de gases, pero su distribución interna cambia. En la Tierra, la gravedad hace que la parte inferior de los pulmones reciba más flujo sanguíneo que la superior. En el espacio esa diferencia desaparece y la distribución se vuelve más uniforme, lo que en teoría mejora la eficiencia respiratoria. La mecánica de la respiración en sí no requiere ningún aprendizaje especial: el diafragma y los músculos intercostales funcionan igual que en la Tierra, ya que su trabajo depende de la contracción muscular y no de la gravedad. Lo que sí cambia es que, sin la referencia gravitacional, los astronautas no sienten el pecho expandirse hacia abajo de la misma forma, lo que durante los primeros días puede generar una leve sensación de respiración superficial hasta que el cuerpo se adapta.
En cuanto a la presión del aire, la ISS mantiene una presión atmosférica interior de aproximadamente 101,3 kPa, prácticamente idéntica a la del nivel del mar en la Tierra. Esto es una decisión deliberada de ingeniería para que los astronautas no necesiten ningún proceso de adaptación respiratoria adicional y puedan trabajar con normalidad. La composición del aire es también similar a la terrestre, con un 21% de oxígeno y un 78% de nitrógeno aproximadamente. Algunas cápsulas más antiguas, como las del programa Apollo, usaban atmósferas de oxígeno puro a menor presión, lo que simplificaba el sistema pero entrañaba un riesgo de incendio mucho mayor, como quedó trágicamente demostrado en el incendio del Apollo 1 en 1967 que costó la vida a tres astronautas.
La fabricación de oxígeno a bordo es uno de los sistemas más críticos de la estación. La ISS produce oxígeno principalmente mediante electrólisis del agua a través del sistema OGS (Oxygen Generation System), integrado en el módulo Elektron de origen ruso y su equivalente americano. Este proceso separa las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno aplicando corriente eléctrica: el oxígeno se libera al interior de la cabina y el hidrógeno se usa en el sistema Sabatier, que lo combina con el CO2 que exhalan los propios astronautas para producir agua y metano. El agua recuperada vuelve al sistema OGS para producir más oxígeno, cerrando parcialmente el ciclo. El metano sí se expulsa al exterior, lo que representa una pérdida neta del sistema.
Para producir el oxígeno necesario para una tripulación de 6 personas, el sistema consume aproximadamente 2,5 kg de agua al día. Por eso la ISS cuenta además con el sistema ECLSS (Environmental Control and Life Support System), que recicla prácticamente toda el agua disponible a bordo: la orina de los astronautas, el sudor, el vapor de agua del aire y el agua condensada de la respiración. Con todo ello, la estación recupera aproximadamente el 90-93% del agua que consume. Como respaldo adicional, la estación almacena botellas de oxígeno comprimido y cartuchos de perclorato de litio, que al calentarse liberan oxígeno mediante una reacción química y se usan en situaciones de emergencia o cuando el sistema principal falla.
Sin embargo, ese 7-10% de agua que no se recupera, sumado al metano expulsado, significa que el ciclo no es completamente cerrado y la estación necesita suministros externos periódicos. Las naves de abastecimiento llevan regularmente agua adicional y materiales fungibles que el sistema consume. Sin esas misiones de reabastecimiento, la producción de oxígeno no podría mantenerse indefinidamente. Este es precisamente uno de los grandes retos de un viaje a Marte: durante los 6-9 meses de trayecto no habría posibilidad de reabastecimiento, por lo que se investigan sistemas de ciclo cerrado más eficientes y la producción de oxígeno directamente a partir del CO2 de la atmósfera marciana, tecnología que ya fue probada con éxito por el experimento MOXIE a bordo del rover Perseverance.
Para compensar los niveles elevados de CO2, la ISS cuenta con sistemas de filtrado que monitorizan continuamente los niveles de gases en cabina. Los niveles de CO2 se mantienen por debajo de 5,3 mmHg mediante absorbedores de hidróxido de litio y sistemas de reducción catalítica de CO2. Aun así, los niveles habituales en la estación rondan los 2-4 mmHg, sensiblemente superiores a los 0,3 mmHg del aire terrestre, lo que contribuye a la fatiga crónica y los dolores de cabeza que muchos astronautas reportan durante misiones largas.
A nivel cardiovascular
Este es uno de los sistemas más afectados. En la Tierra, el corazón trabaja constantemente para bombear sangre hacia arriba, contra la gravedad. En microgravedad ese esfuerzo desaparece y los fluidos corporales se desplazan hacia la parte superior del cuerpo y la cabeza. En las primeras horas de exposición, el volumen de sangre en las extremidades inferiores puede reducirse hasta un 10-15%, mientras que la cara se hincha y los astronautas sienten una congestión nasal permanente similar a un resfriado. Como respuesta, el cuerpo reduce el volumen total de plasma sanguíneo entre un 10 y un 22% en los primeros días. El corazón, al no necesitar tanto esfuerzo, se atrofia progresivamente. Tras 6 meses en la ISS, estudios han documentado una reducción del volumen cardíaco de hasta el 9%.
Para mitigar estos efectos, los astronautas realizan ejercicio cardiovascular diario obligatorio, combinando sesiones en una bicicleta estática y en una cinta de correr con arneses que los sujetan para simular algo de carga. Antes del regreso a la Tierra, siguen un protocolo específico de rehidratación oral, ingiriendo entre 1 y 2 litros de líquido con sales en las horas previas al aterrizaje para aumentar el volumen plasmático y reducir el riesgo de hipotensión ortostática al recuperar la gravedad. En algunos casos se administra fludrocortisona, un mineralocorticoide que ayuda al cuerpo a retener sodio y agua, y se usan trajes de presión en las piernas durante el reingreso para evitar desmayos.
A nivel ocular y de visión
Uno de los hallazgos más preocupantes de las últimas décadas. El desplazamiento de fluidos hacia la cabeza aumenta la presión intracraneal, lo que ejerce presión sobre el nervio óptico y puede aplanar el globo ocular. Este síndrome se llama VIIP (Visual Impairment and Intracranial Pressure) y afecta a más del 40% de los astronautas en misiones largas. Sus consecuencias incluyen hipermetropía progresiva, pliegues en la coroides y daños en el nervio óptico que en algunos casos han resultado permanentes. Scott Kelly, tras su año en la ISS, reportó una pérdida de agudeza visual significativa que tardó meses en recuperarse parcialmente.
Actualmente no existe un tratamiento completamente eficaz para el VIIP, lo que lo convierte en uno de los mayores desafíos médicos para los futuros viajes a Marte. Las medidas actuales incluyen monitorización ocular periódica durante la misión mediante ecografía del nervio óptico y tomografía de coherencia óptica. Se investiga el uso de trajes de presión negativa en la parte inferior del cuerpo, conocidos como LBNP (Lower Body Negative Pressure), para atraer fluidos hacia las piernas y reducir la presión intracraneal, con resultados prometedores pero aún no concluyentes. Los astronautas también llevan gafas de corrección adaptadas a los cambios de visión que experimentan durante la misión.
A nivel cognitivo y de propiocepción
La propiocepción es la capacidad del cuerpo para saber dónde están sus partes sin necesidad de mirarlas. En la Tierra, el sistema vestibular del oído interno, combinado con los receptores musculares y articulares, nos da una referencia constante de nuestra posición. En microgravedad esa referencia se distorsiona completamente. Durante los primeros días, entre el 60 y el 80% de los astronautas sufren el síndrome de adaptación espacial, con náuseas, vómitos, desorientación y mareos intensos. A nivel cognitivo, estudios de neuroimagen realizados antes y después de misiones largas han mostrado cambios estructurales en el cerebro, incluyendo una redistribución del líquido cefalorraquídeo y alteraciones en la materia blanca que pueden afectar a la velocidad de procesamiento, la memoria de trabajo y la coordinación motora fina.
Para gestionar el síndrome de adaptación espacial, la NASA y otras agencias administran prometazina o escopolamina durante los primeros días de misión, medicamentos antivertiginosos que reducen las náuseas y la desorientación. La escopolamina se administra en forma de parche transdérmico para facilitar su uso en el entorno de microgravedad. Además, los astronautas reciben entrenamiento previo en centrifugadoras y simuladores de movimiento para familiarizar al sistema vestibular con situaciones de desorientación. Para los efectos cognitivos a largo plazo no existe aún un protocolo farmacológico establecido, aunque se estudia activamente el papel del ejercicio aeróbico y la estimulación cognitiva durante la misión como factores protectores.
A nivel auditivo
El sistema auditivo en sí no se ve directamente dañado por la microgravedad, pero sí se ve afectado de forma indirecta. El aumento de la presión intracraneal puede generar sensación de taponamiento en los oídos y alteraciones en la percepción del equilibrio, ya que el oído interno gestiona tanto la audición como la orientación espacial. Además, el ruido constante de los sistemas de ventilación y maquinaria de la ISS, que ronda los 65-70 decibelios de forma continua, supone un factor de estrés auditivo acumulado durante meses que puede contribuir a una ligera pérdida auditiva en frecuencias altas.
Para compensarlo, los astronautas usan protectores auditivos durante las tareas más ruidosas, especialmente durante los ejercicios físicos realizados cerca de la maquinaria. La NASA realiza audiometrías periódicas antes, durante y después de cada misión para monitorizar la evolución de la audición de cada astronauta. Además, se trabaja en la mejora del aislamiento acústico de los módulos habitables de las futuras estaciones espaciales para reducir la exposición al ruido crónico, identificado como uno de los factores de salud más infravalorados en la vida a bordo.
A nivel musculoesquelético
Es uno de los efectos más documentados y más graves. Sin la necesidad de soportar el peso del cuerpo, los músculos se atrofian rápidamente. Sin contramedidas activas, un astronauta puede perder entre el 20 y el 30% de su masa muscular en tan solo dos semanas. Los huesos sufren un proceso similar: sin carga mecánica, los osteoblastos reducen la formación de hueso nuevo y los osteoclastos aceleran su reabsorción, lo que provoca una pérdida de densidad ósea de entre el 1 y el 2% mensual en las zonas de carga como caderas, fémur y columna lumbar. Para comparar, una persona con osteoporosis severa pierde aproximadamente un 1% al año.
Para frenar este deterioro, los astronautas realizan hasta 2,5 horas diarias de ejercicio físico obligatorio combinando tres tipos de entrenamiento: ejercicio aeróbico en bicicleta estática y cinta con arneses, y ejercicio de resistencia en la máquina ARED (Advanced Resistive Exercise Device), que simula pesos de hasta 272 kg mediante cilindros de vacío. La dieta también juega un papel clave, con una ingesta controlada de calcio de entre 1.000 y 1.200 mg diarios y vitamina D, ya que la ausencia de luz solar natural compromete su síntesis. En algunos casos se estudia el uso de bifosfonatos, los mismos fármacos empleados en el tratamiento de la osteoporosis, para reducir la reabsorción ósea durante misiones largas, aunque su uso rutinario aún no está estandarizado. A pesar de todas estas medidas, la recuperación total de la densidad ósea puede tardar entre 2 y 3 años tras el regreso a la Tierra.
A nivel gastrointestinal
La microgravedad también altera el sistema digestivo. En la Tierra, la digestión se ve favorecida por la gravedad, que ayuda al tránsito del contenido gástrico. En el espacio, ese apoyo desaparece y el movimiento de los alimentos a través del sistema digestivo depende exclusivamente del peristaltismo, los movimientos musculares del intestino. Esto puede provocar una ralentización del vaciado gástrico, hinchazón abdominal y estreñimiento. A nivel microbiológico, estudios del proyecto de los gemelos de la NASA, comparando a Scott y Mark Kelly, mostraron cambios significativos en la composición de la microbiota intestinal durante la estancia en el espacio, con una reducción de la diversidad bacteriana que puede afectar a la inmunidad y la digestión.
Para compensarlo, la dieta de los astronautas está cuidadosamente planificada por nutricionistas especializados para garantizar un aporte suficiente de fibra que favorezca el tránsito intestinal. Se incluyen alimentos fermentados y probióticos para intentar mantener la diversidad de la microbiota. En casos de estreñimiento severo se pueden usar laxantes suaves, aunque su uso se intenta minimizar por las dificultades prácticas que implica gestionar el tránsito intestinal en un entorno sin gravedad. Además, el estrés crónico de la misión y la alteración del ritmo circadiano, con hasta 16 amaneceres diarios en la ISS, contribuyen también al deterioro gastrointestinal, por lo que el manejo del descanso y el bienestar psicológico forman también parte indirecta del protocolo de salud digestiva.
¿Cómo es la vida diaria de un astronauta en microgravedad?
Si el impacto de la microgravedad sobre el cuerpo ya es llamativo a nivel fisiológico, lo es todavía más cuando se traslada a las tareas más cotidianas. Cosas que en la Tierra hacemos de forma completamente automática, sin pensar, se convierten en el espacio en procedimientos que hay que aprender, planificar y ejecutar con cuidado.
Dormir
En microgravedad no hay arriba ni abajo, así que técnicamente un astronauta puede dormir en cualquier orientación y en cualquier superficie. En la práctica, los astronautas de la ISS duermen en pequeños compartimentos individuales del tamaño de un armario empotrado, donde se meten dentro de un saco de dormir sujeto a la pared para no salir flotando durante la noche. Dormir sin sujeción es posible, pero el cuerpo tiende a derivar lentamente y puede acabar golpeando contra un panel o una tubería. Otro problema importante es que sin la referencia gravitacional, el cerebro tarda en reconocer la postura de descanso y la calidad del sueño suele ser peor. A esto se suma que en la ISS el sol sale y se pone cada 90 minutos, lo que destruye completamente el ritmo circadiano natural. Para compensarlo, los módulos tienen iluminación artificial que simula los ciclos de luz y oscuridad terrestres, y en algunos casos se prescribe melatonina o zolpidem para ayudar a conciliar el sueño. Aun así, los astronautas reportan dormir de media entre 6 y 6,5 horas, por debajo de las 8 recomendadas.
Comer
La comida en el espacio ha evolucionado mucho desde los purés en tubos de los primeros programas espaciales. Hoy en la ISS los astronautas comen alimentos deshidratados, liofilizados o termoestabilizados que se rehidratan con agua caliente directamente en su envase. Los alimentos sólidos se pueden comer con normalidad siempre que no se desmiguen, ya que las migas flotantes son un peligro real: pueden colarse en los sistemas de ventilación o en los ojos y la boca de los astronautas. Por eso el pan está prohibido y se sustituye por tortillas de maíz. Los cubiertos son normales pero las bandejas y envases van sujetos a la mesa mediante velcro o imanes para que no salgan volando. Las salsas y condimentos espesos se usan sin problema porque la tensión superficial los mantiene unidos al alimento, pero la sal y la pimienta solo se usan en formato líquido disuelto porque en polvo se dispersarían por el aire.
Beber
Beber es una de las tareas más llamativas visualmente. En microgravedad, los líquidos no caen al fondo de un vaso sino que forman esferas flotantes por efecto de la tensión superficial. Por eso los astronautas beben directamente desde bolsas selladas con pajitas, apretando suavemente para impulsar el líquido. Abrir un recipiente con líquido en el espacio sin precaución puede provocar que el contenido salga disparado en pequeñas gotas flotantes que se adhieren a las superficies o los equipos. El agua que consumen procede en gran parte del sistema de reciclaje del ECLSS, que como ya explicamos recupera el vapor de agua del aire, el sudor y la orina tratada. El café y el té también se consumen desde bolsas selladas, y aunque al principio resulta extraño beber sin inclinar el recipiente, los astronautas se adaptan en pocos días.
Orinar y defecar
Este es probablemente el reto logístico más complejo de la vida diaria en el espacio y uno de los que más sorprenden cuando se conocen los detalles. El inodoro de la ISS funciona mediante succión de aire, igual que un aspirador, para dirigir los residuos en la dirección correcta en ausencia de gravedad. Para orinar, los astronautas usan un embudo conectado a una manguera de succión, con modelos adaptados anatómicamente para hombres y mujeres. La orina se recoge, se filtra y se procesa en el sistema ECLSS para convertirla en agua potable, pasando por varias fases de purificación que incluyen destilación por centrifugación, filtrado por carbón activado y oxidación catalítica. Para defecar, los astronautas deben posicionarse con precisión sobre una abertura de apenas 10 centímetros de diámetro, para lo cual reciben entrenamiento específico con un simulador en la Tierra. Las heces se almacenan en bolsas selladas al vacío que se compactan y se acumulan en naves de carga no tripuladas que al reentrar en la atmósfera se incineran. Toda la gestión de residuos humanos está protocolizada con detalle porque cualquier fuga en un espacio cerrado tiene consecuencias sanitarias inmediatas.
Asearse
La ducha convencional es imposible en microgravedad porque el agua no cae sino que forma esferas que flotan y se adhieren a cualquier superficie, incluyendo los paneles eléctricos. Los astronautas se asean con toallitas húmedas impregnadas en solución limpiadora que no requieren aclarado. Para lavarse el pelo usan champús sin aclarado que se aplican directamente y se limpian con una toalla. Para lavarse los dientes utilizan pasta de dientes comestible que se puede tragar directamente, evitando así la necesidad de escupir y enjuagarse. El afeitado se realiza con maquinillas eléctricas equipadas con aspiradores integrados que recogen los pelos cortados antes de que floten. La higiene en el espacio requiere más tiempo y planificación que en la Tierra, y su cuidado es fundamental para prevenir infecciones en un entorno donde el sistema inmune ya está bajo estrés.
Estornudar y toser
Estornudar en el espacio es un tema que genera más preocupación de la que podría parecer. Un estornudo proyecta gotículas de saliva y moco a velocidades de hasta 160 km/h. En la Tierra esas gotículas caen al suelo rápidamente por la gravedad. En microgravedad se dispersan en todas direcciones y permanecen flotando en el aire durante mucho más tiempo, lo que convierte cualquier enfermedad respiratoria en un problema colectivo difícil de contener en un espacio tan pequeño y cerrado. Los protocolos sanitarios de la ISS incluyen cuarentenas previas al lanzamiento para asegurarse de que ningún astronauta sube a la estación con una infección activa. Los estornudos y la tos se gestionan cubriendo la boca y la nariz con el codo, igual que en la Tierra, pero la preocupación por la dispersión de partículas es mucho mayor.
Llorar
Llorar en el espacio funciona de forma completamente diferente a como lo hace en la Tierra. Las lágrimas se producen con normalidad porque la glándula lagrimal no depende de la gravedad para secretar fluido. Pero al no haber gravedad que las haga caer por la mejilla, las lágrimas se acumulan en el ojo formando una esfera de líquido cada vez más grande que se adhiere al globo ocular por tensión superficial. Si la esfera crece demasiado acaba desprendiéndose y flotando como una pequeña bola de agua. El astronauta Chris Hadfield lo describió en primera persona durante su estancia en la ISS y publicó un vídeo al respecto que se hizo viral. Paradójicamente, esto hace que llorar en el espacio sea más incómodo que en la Tierra porque el líquido no se drena naturalmente y puede provocar irritación ocular.
Las mucosas
Las mucosas nasales y de las vías respiratorias se ven especialmente afectadas en el espacio. El desplazamiento de fluidos hacia la cabeza provoca una congestión nasal casi permanente en los primeros días de misión, similar a un resfriado crónico. Las membranas mucosas producen más moco de lo habitual como respuesta a ese aumento de presión, lo que dificulta la respiración nasal y altera el sentido del olfato y el gusto. Muchos astronautas describen que la comida les sabe diferente en el espacio, no solo por los cambios en las mucosas sino también porque la congestión reduce la capacidad de percibir los aromas, que son fundamentales para la experiencia gustativa. Esta congestión suele remitir parcialmente a las dos o tres semanas de misión, cuando el cuerpo se adapta a la nueva distribución de fluidos, aunque nunca desaparece del todo mientras se permanece en microgravedad.
Limpiar la nave
Mantener la ISS limpia no es una cuestión de comodidad sino de supervivencia. En un espacio cerrado donde seis personas conviven durante meses sin posibilidad de ventilar con el exterior, la acumulación de bacterias, hongos y partículas en suspensión puede convertirse en un problema sanitario serio. De hecho, estudios microbiológicos han detectado en la ISS colonias de hongos y bacterias en conductos de ventilación, juntas de goma y rincones húmedos, algunas con capacidad para degradar materiales técnicos de la propia estación.
La limpieza se realiza principalmente con toallitas desinfectantes húmedas con las que los astronautas limpian superficies, paneles, manillas y equipos de forma periódica siguiendo una rutina semanal establecida. Los filtros de los sistemas de ventilación se sustituyen y limpian regularmente porque son los principales acumuladores de partículas, pelo, piel muerta y microorganismos. Las aspiradoras de mano se usan para recoger partículas flotantes en el aire y en las superficies, especialmente después de las comidas o de cualquier actividad que genere residuos sólidos. El control microbiológico es tan importante que la NASA realiza cultivos periódicos del aire y las superficies de la estación para monitorizar qué microorganismos están presentes y en qué concentraciones, y tiene protocolos de respuesta si se detectan especies potencialmente peligrosas.
Lavar la ropa
En la ISS no hay lavadora. Lavar ropa requiere agua, detergente, enjuague y secado, y gestionar todo ese proceso en microgravedad con recursos de agua limitados es inviable con la tecnología actual. La solución es mucho más sencilla y directa: la ropa no se lava. Los astronautas llevan consigo suficientes mudas para toda la misión, calculadas para cambiar de ropa interior cada dos o tres días, y de prendas exteriores como camisetas o pantalones cada semana aproximadamente. Cuando una prenda está demasiado usada, se mete en una bolsa sellada y se almacena hasta que puede ser cargada en una nave de suministro no tripulada que, al reentrar en la atmósfera, se incinera junto con el resto de residuos sólidos de la estación.
El calzado convencional tampoco se usa dentro de la estación porque los pies no tocan el suelo. Los astronautas usan calcetines gruesas y en algunos casos escarpines ligeros para protegerse, ya que los pies se utilizan constantemente para anclarse a las barras y asas repartidas por toda la estación. Esto provoca que la planta del pie pierda su dureza habitual con el paso de las semanas, mientras que la parte superior, que es la que roza con las barras de sujeción, se endurece progresivamente.
Sexualidad
Es un tema del que las agencias espaciales hablan poco públicamente. La NASA no tiene políticas que prohíban las relaciones sexuales entre astronautas, pero tampoco las regulan ni las facilitan. En la práctica, la falta de privacidad en la ISS y factores como el estrés, la fatiga crónica y los cambios hormonales reducen el deseo sexual de forma significativa durante la misión.
Físicamente, el mayor reto es que en microgravedad cualquier fuerza aplicada genera una reacción opuesta, lo que hace que mantener el contacto físico entre dos personas requiera sujeción constante. La sexualidad en solitario tampoco está prohibida y los psicólogos de las agencias la reconocen como parte del bienestar general del astronauta, siendo los compartimentos individuales de descanso el único espacio con algo de privacidad real en la estación.
De cara a misiones futuras hacia Marte, de entre 18 meses y 3 años de duración, las agencias empiezan a reconocer que este es un aspecto que deberá abordarse de forma más abierta en los protocolos de bienestar de la tripulación.
Infografía
¿Qué le pasa a tu cuerpo en el espacio?
La microgravedad transforma cada sistema del cuerpo humano y convierte las tareas más simples en desafíos de ingeniería.
La gravedad cero no existe. Los astronautas experimentan microgravedad: en órbita, la fuerza centrífuga se iguala con la gravedad y todo parece flotar. En viajes interplanetarios, la causa es el alejamiento progresivo de cualquier cuerpo masivo.
Los fluidos se desplazan a la cabeza, la cara se hincha y aparece congestión nasal permanente. El plasma sanguíneo se reduce entre un 10% y un 22% en los primeros días. Tras 6 meses, el corazón puede perder hasta un 9% de su volumen.
La presión intracraneal aplasta el nervio óptico y deforma el globo ocular. Afecta a más del 40% de los astronautas en misiones largas. Puede causar hipermetropía progresiva y daños permanentes. Es uno de los mayores obstáculos médicos para un viaje a Marte.
Sin carga mecánica, se puede perder hasta un 30% de masa muscular en 2 semanas. Los huesos pierden entre un 1% y un 2% de densidad al mes, un ritmo hasta 12 veces mayor que la osteoporosis severa. Recuperarse puede tardar 2 a 3 años.
Entre el 60% y el 80% de los astronautas sufren náuseas, vómitos y desorientación intensa los primeros días. Estudios de neuroimagen muestran cambios estructurales en la materia blanca que pueden afectar la memoria de trabajo y la coordinación motora.
Los pulmones funcionan normalmente, pero la distribución del flujo sanguíneo se vuelve uniforme. La ISS produce oxígeno por electrólisis del agua y recicla el 90-93% del agua a bordo. Los niveles de CO₂ son hasta 10 veces superiores a los terrestres, contribuyendo a fatiga y cefaleas crónicas.
Sin gravedad, el tránsito depende solo del peristaltismo, provocando hinchazón y estreñimiento. La microbiota intestinal pierde diversidad, afectando la inmunidad. Los 16 amaneceres diarios en la ISS alteran el ritmo circadiano y agravan el cuadro.
Duermes acostado, con referencia gravitacional
Duermes atado a la pared en un saco, con media de 6-6,5 horas
Las lágrimas caen por la mejilla
Se acumulan en una esfera sobre el ojo hasta que flotan
- 🍞 El pan está prohibido. Las migas flotan y pueden colarse en sistemas de ventilación, ojos y boca. Se sustituye por tortillas de maíz.
- 🧂 Sal y pimienta en formato líquido. En polvo se dispersarían por el aire de la cabina.
- 🚿 No hay ducha. Aseo con toallitas húmedas, champú sin aclarado y pasta de dientes comestible.
- 🚽 El inodoro funciona por succión con una abertura de solo 10 cm. Los astronautas entrenan en la Tierra con un simulador. La orina se recicla en agua potable.
- 👕 La ropa no se lava. Se lleva suficientes mudas para toda la misión. La ropa usada se incinera al reentrar en la atmósfera junto con la nave de carga.
- 🤧 Un estornudo es un problema colectivo. Las gotículas viajan a 160 km/h y flotan indefinidamente en la cabina cerrada.
- 🦶 Los pies se transforman. La planta pierde dureza al no pisar suelo, mientras la parte superior se endurece por usarse para agarrarse a las barras.
Presión interior idéntica al nivel del mar terrestre
Velocidad orbital de la Estación Espacial Internacional
Un ciclo de luz y oscuridad completo cada 90 minutos
Del agua a bordo se recicla (orina, sudor, vapor, condensación)
FAQs. Preguntas frecuentes sobre la vida en microgravedad en el espacio
¿Por qué los astronautas flotan en la Estación Espacial Internacional si la gravedad terrestre sigue actuando sobre ellos?
Los astronautas no flotan porque la gravedad haya desaparecido. A la altitud de la ISS, unos 408 kilómetros, la gravedad terrestre conserva aproximadamente el 90% de su intensidad respecto a la superficie. Lo que ocurre es que la estación y todo lo que hay dentro de ella se encuentran en caída libre continua alrededor de la Tierra, moviéndose a unos 27.600 km/h. A esa velocidad, la fuerza centrífuga generada por el movimiento orbital se equilibra exactamente con la atracción gravitacional, de modo que la resultante de fuerzas sobre los objetos dentro de la nave es prácticamente cero. Todo cae al mismo ritmo, y por eso nadie percibe el tirón gravitacional. El término técnico para esta situación es microgravedad, no gravedad cero.
¿Qué le ocurre al corazón de un astronauta durante una misión larga en el espacio?
En la Tierra, el corazón trabaja constantemente para bombear sangre hacia arriba, contra la gravedad. Cuando esa exigencia desaparece en microgravedad, los fluidos corporales se redistribuyen hacia la parte superior del cuerpo y la cabeza, y el corazón empieza a atrofiarse al no necesitar el mismo esfuerzo. En los primeros días, el volumen de plasma sanguíneo se reduce entre un 10% y un 22%. Tras seis meses en la ISS, estudios han documentado una disminución del volumen cardíaco de hasta un 9%. Para contrarrestarlo, los astronautas realizan ejercicio cardiovascular diario obligatorio y siguen protocolos de rehidratación antes del regreso a la Tierra, incluyendo la ingesta de líquidos con sales y, en algunos casos, el uso de fármacos como la fludrocortisona para evitar desmayos al recuperar la gravedad.
¿Cómo fabrican oxígeno dentro de la Estación Espacial Internacional?
La ISS produce oxígeno principalmente mediante electrólisis del agua, un proceso que separa las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno aplicando corriente eléctrica. El oxígeno se libera al interior de la cabina y el hidrógeno se aprovecha en el sistema Sabatier, que lo combina con el CO2 exhalado por los astronautas para generar agua y metano. El agua recuperada vuelve al circuito de electrólisis, cerrando parcialmente el ciclo. El metano, sin embargo, se expulsa al exterior, lo que representa una pérdida neta. Para mantener este sistema, la estación recicla aproximadamente el 90-93% del agua disponible a bordo, incluyendo orina, sudor y vapor de la respiración. Aun así, ese pequeño porcentaje no recuperado obliga a recibir suministros periódicos de agua desde la Tierra, lo que convierte el cierre completo del ciclo en uno de los grandes retos tecnológicos para los futuros viajes a Marte.
¿Por qué la microgravedad puede dañar la visión de los astronautas de forma permanente?
El desplazamiento de fluidos hacia la cabeza en microgravedad provoca un aumento sostenido de la presión intracraneal. Esa presión se transmite al nervio óptico y puede aplanar el globo ocular, alterando su geometría y capacidad de enfoque. Este cuadro se conoce como síndrome VIIP y afecta a más del 40% de los astronautas en misiones largas. Sus consecuencias incluyen hipermetropía progresiva, pliegues en la coroides y daños en el nervio óptico que en algunos casos han resultado irreversibles. Actualmente no existe un tratamiento completamente eficaz, lo que convierte este síndrome en uno de los mayores obstáculos médicos de cara a misiones tripuladas a Marte, donde los astronautas pasarían entre 18 meses y 3 años expuestos a microgravedad sin posibilidad de regreso anticipado.
¿Cómo funciona el inodoro en el espacio y qué pasa con los residuos?
El inodoro de la ISS funciona por succión de aire, similar al principio de un aspirador, para dirigir los residuos en la dirección correcta sin ayuda de la gravedad. Para orinar, los astronautas utilizan un embudo conectado a una manguera de succión, con diseños adaptados para hombres y mujeres. La orina se recoge y se procesa mediante destilación, filtrado por carbón activado y oxidación catalítica hasta convertirse en agua potable. Para defecar, deben posicionarse con precisión sobre una abertura de apenas 10 centímetros de diámetro, una habilidad que practican previamente en un simulador en la Tierra. Las heces se almacenan en bolsas selladas al vacío que se acumulan hasta ser cargadas en naves de suministro no tripuladas, las cuales se incineran al reentrar en la atmósfera.
¿Por qué los astronautas pierden masa muscular y densidad ósea tan rápidamente en el espacio?
Sin la necesidad de soportar el peso del cuerpo contra la gravedad, los músculos pierden su estímulo principal y se atrofian a un ritmo alarmante, pudiendo perder entre un 20% y un 30% de su masa en tan solo dos semanas sin contramedidas. En los huesos, la ausencia de carga mecánica altera el equilibrio entre los osteoblastos, que forman hueso nuevo, y los osteoclastos, que lo reabsorben. El resultado es una pérdida de densidad ósea de entre el 1% y el 2% mensual en zonas de carga como caderas y columna lumbar, un ritmo hasta doce veces superior al de la osteoporosis severa. Para frenarlo, los astronautas dedican unas 2,5 horas diarias al ejercicio obligatorio con dispositivos como la máquina ARED, y mantienen una ingesta controlada de calcio y vitamina D. Aun con todas estas medidas, la recuperación total de la densidad ósea tras el regreso puede tardar entre dos y tres años.
¿Por qué la comida sabe diferente en el espacio?
La redistribución de fluidos hacia la cabeza en microgravedad provoca una congestión nasal casi permanente durante las primeras semanas de misión, similar a la de un resfriado crónico. Esta congestión reduce significativamente la capacidad olfativa, y dado que el olfato es responsable de gran parte de la experiencia gustativa, los astronautas perciben los alimentos con menos intensidad y matices. Además, las membranas mucosas producen más moco como respuesta al aumento de presión en la zona craneal. Aunque la congestión tiende a atenuarse parcialmente tras dos o tres semanas de adaptación, nunca desaparece del todo mientras se permanece en microgravedad. Por eso muchos astronautas prefieren alimentos con sabores intensos o recurren a salsas picantes para compensar esa pérdida sensorial.
¿Qué efectos tiene la radiación cósmica sobre los astronautas fuera de la protección de la magnetosfera terrestre?
Aunque la ISS orbita dentro de la magnetosfera, que ofrece cierta protección contra la radiación, los astronautas reciben dosis de radiación significativamente superiores a las que recibirían en la superficie terrestre. En un viaje interplanetario hacia Marte, fuera del escudo magnético de la Tierra, la exposición a rayos cósmicos galácticos y partículas solares energéticas aumentaría de forma drástica. Estudios con modelos animales y datos epidemiológicos de astronautas han asociado esta exposición prolongada a un mayor riesgo de cáncer, cataratas, enfermedades cardiovasculares y posibles efectos neurodegenerativos. La NASA estima que un viaje de ida y vuelta a Marte expondría a los tripulantes a una dosis acumulada cercana al límite máximo permitido para toda su carrera profesional, lo que convierte el blindaje contra la radiación en uno de los desafíos tecnológicos más críticos de la exploración espacial profunda.
¿Se ha investigado la posibilidad de generar gravedad artificial en naves espaciales?
La idea de generar gravedad artificial mediante rotación lleva décadas estudiándose como posible solución a los problemas de salud derivados de la microgravedad prolongada. El principio es sencillo: una estructura que gire a velocidad constante genera una fuerza centrífuga que empuja a los ocupantes hacia el exterior, simulando la gravedad. Sin embargo, los desafíos de ingeniería son enormes. Para producir una fuerza equivalente a la gravedad terrestre con una tasa de rotación tolerable para el sistema vestibular humano, la estructura necesitaría un radio de al menos varios cientos de metros, lo que implica un coste y una complejidad de construcción en el espacio muy por encima de las capacidades actuales. Agencias como la NASA y la ESA investigan soluciones intermedias, como centrifugadoras de radio corto que los astronautas usarían durante periodos limitados al día, pero ninguna ha sido probada aún en misiones reales de larga duración.
¿Cuánto tarda el cuerpo humano en readaptarse a la gravedad terrestre tras una misión espacial larga?
La readaptación a la gravedad terrestre es un proceso gradual que puede extenderse durante meses o incluso años, dependiendo del sistema fisiológico afectado. En las primeras horas tras el aterrizaje, muchos astronautas experimentan mareos, hipotensión ortostática y dificultades para mantenerse en pie, ya que el sistema cardiovascular necesita tiempo para reajustar la distribución de fluidos y el tono vascular. La coordinación motora y el equilibrio suelen normalizarse en las primeras semanas, a medida que el sistema vestibular recalibra sus referencias. La masa muscular puede recuperarse en unos tres a seis meses con rehabilitación intensiva. Sin embargo, la densidad ósea es el parámetro más lento en restaurarse: estudios de seguimiento a largo plazo han documentado que algunos astronautas no recuperan completamente la densidad ósea previa a la misión incluso tres años después de su regreso, especialmente en zonas de carga como la cadera y el fémur.
Referencias
- Auñón-Chancellor, S. M., Pattarini, J. M., Zanello, S. B., & Crucian, B. (2019). Venous thrombosis during spaceflight. New England Journal of Medicine, 380(17), 1581–1584. https://doi.org/10.1056/NEJMc1905875
- Buckey, J. C. (2006). Space physiology. Oxford University Press.
- Clément, G. (2011). Fundamentals of space medicine (2nd ed.). Springer.
- Crucian, B. E., et al. (2018). Immune system dysregulation during spaceflight. Frontiers in Immunology, 9, 1437. https://doi.org/10.3389/fimmu.2018.01437
- Douglas, G. L., Zwart, S. R., & Smith, S. M. (2020). Space food for thought. Journal of Nutrition, 150(9), 2242–2244. https://doi.org/10.1093/jn/nxaa148
- Harridge, S. D. R., & Vanhorebeek, I. (2018). Muscle adaptation. Experimental Physiology, 103(3), 305–306. https://doi.org/10.1113/EP086980
- Hargens, A. R., & Watenpaugh, D. E. (1996). Cardiovascular adaptation. Medicine & Science in Sports & Exercise, 28(8), 977–982. https://doi.org/10.1097/00005768-199608000-00007
- Jain, V., & Bhargava, M. (2018). Visual impairment in astronauts. Survey of Ophthalmology, 63(4), 567–575. https://doi.org/10.1016/j.survophthal.2017.11.001
- Kelly, S. (2017). Endurance. Alfred A. Knopf.
- Kanas, N., & Manzey, D. (2008). Space psychology and psychiatry. Springer.
- Laurie, S. S., et al. (2019). Intracranial pressure study. Journal of Physiology, 597(1), 341–352. https://doi.org/10.1113/JP277072
- Mader, T. H., et al. (2011). Optic disc edema in astronauts. Ophthalmology, 118(10), 2058–2069. https://doi.org/10.1016/j.ophtha.2011.06.021
- Meyers, V. E., et al. (2010). Microbial monitoring of the ISS. En Environmental monitoring. DHI Publishing.
- NASA. (2015). Human research roadmap. https://humanresearchroadmap.nasa.gov
- NASA. (2020). MOXIE experiment. https://mars.nasa.gov/mars2020/spacecraft/instruments/moxie
- NASA. (2023). ECLSS. https://www.nasa.gov/centers/marshall/pdf/176428main_ECLSS.pdf
- Nicogossian, A. E., et al. (2016). Space physiology and medicine. Springer.
- Oganov, V. S. (2004). Bone density changes. Aviation, Space, and Environmental Medicine, 75(3), 224–227.
- Putcha, L., et al. (1999). Pharmaceutical use by astronauts. Aviation, Space, and Environmental Medicine, 70(7), 705–708.
- Stuster, J. (2010). Bold endeavors. Naval Institute Press.
- Tafforin, C. (2013). Stress behaviors in astronauts. Aviation, Space, and Environmental Medicine, 84(12), 1–7. https://doi.org/10.3357/ASEM.3329.2013
- Tobin, B. W., et al. (2002). Insulin effects in space. Nutrition, 18(10), 842–848. https://doi.org/10.1016/S0899-9007(02)00940-1
- Whitson, P. A., et al. (1997). Renal stone risk. Aviation, Space, and Environmental Medicine, 68(10), 934–943.
- Williams, D., et al. (2009). Acclimation in spaceflight. Canadian Medical Association Journal, 180(13), 1317–1323. https://doi.org/10.1503/cmaj.090628
- Zwart, S. R., et al. (2021). Body mass changes. Aviation, Space, and Environmental Medicine, 85(9), 897–904. https://doi.org/10.3357/ASEM.3979.2014