Hipoxia en altura: cómo la falta de oxígeno cambia tu cuerpo y tu mente
Mike MunayCompartir
El aire parece limpio. Demasiado limpio.
Una neumóloga haciendo turismo sonríe mientras baja del autobús en algún punto de los Andes, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Ha venido por las fotos, por las ruinas, por esa idea romántica de tocar el cielo. Aún no sabe que algo dentro de ella ya ha empezado a fallar.
Al principio es solo una ligera presión en la cabeza. Un mareo que atribuye al viaje. Luego, el corazón empieza a latir con una violencia extraña, como si estuviera corriendo sin moverse. Sus manos tiemblan. La respiración se vuelve corta, superficial, inútil. Inhala, pero el aire ya no sirve. Mira a su alrededor y todo sigue igual. Los guías hablan. Otros turistas ríen.
El paisaje es brutalmente hermoso. Pero dentro de ella, algo empieza a fallar.
Su cerebro, hambriento de oxígeno, empieza a perder precisión. El equilibrio se rompe, la concentración se disuelve y una ansiedad sin causa emocional se instala. Es hipoxia de altura, el mecanismo que está detrás del mal de altura, el soroche andino.
Su sangre ya no transporta suficiente oxígeno. Su sistema nervioso activa alarmas primitivas. Lo que su mente interpreta como pánico es en realidad una asfixia silenciosa.
Ella no está agotada. Está respirando un aire que ya no sostiene lo que ocurre dentro de su cuerpo.
¿Qué es la hipoxia en altura?
Mientras ella intenta recomponerse, su cuerpo ya ha entrado en una zona que la fisiología conoce demasiado bien. A cuatro mil metros, el aire contiene muchas menos moléculas de oxígeno que al nivel del mar. Sus pulmones siguen funcionando, pero cada inspiración trae menos combustible. La hemoglobina ya no se carga como antes.
El primer órgano en notarlo es el cerebro. Las neuronas, privadas de oxígeno, reducen la producción de ATP y empiezan a perder precisión. Por eso su equilibrio se rompe, su pensamiento se vuelve lento y la realidad parece desajustarse. Es un sistema nervioso que se queda sin energía.
Para intentar compensarlo, su cuerpo activa un protocolo de emergencia. Los quimiorreceptores de las carótidas y del tronco encefálico detectan la caída de oxígeno y disparan el sistema nervioso simpático: el corazón late más rápido, la respiración se acelera, la presión arterial sube. Es una maniobra desesperada para mantener el flujo de oxígeno hacia el cerebro.
Pero si la exposición continúa, esa estrategia deja de ser suficiente. La hipoxia prolongada puede alterar la barrera hematoencefálica, favorecer la entrada de líquido en el tejido cerebral y llevar a confusión profunda o pérdida de conciencia. Mientras ella sigue de pie frente a las montañas, su organismo lucha por sostener la maquinaria más frágil que existe: un cerebro humano funcionando sin el oxígeno que necesita para seguir siendo él mismo.
Síntomas del mal de altura (soroche): cómo empieza de verdad
El cuerpo no avisa con dramatismo. Avisa con pequeñas grietas en la percepción. Primero aparece una presión sorda detrás de los ojos, como si la cabeza estuviera ligeramente inflada. Luego una fatiga extraña, distinta al cansancio normal: los músculos todavía responden, pero el cerebro va con retraso. A ella le cuesta enfocar la mirada. Le cuesta ordenar ideas simples. Es el primer idioma del mal de altura.
Después llegan los síntomas que la mayoría de turistas reconoce: dolor de cabeza persistente, náuseas que suben y bajan, pérdida de apetito, una sensación incómoda de no poder llenar completamente los pulmones. Caminar cien metros se siente como correr. El pulso se acelera sin motivo. El sueño se fragmenta, con despertares bruscos porque el cerebro, falto de oxígeno, ya no regula bien la respiración.
El soroche leve suele quedarse en dolor de cabeza, fatiga, náuseas y falta de aire solo al esfuerzo. Pero hay banderas rojas que no se negocian: confusión, torpeza al caminar (ataxia), dificultad para respirar incluso en reposo, tos persistente o espuma rosada en los labios. Esos síntomas indican que el cerebro o los pulmones ya están acumulando líquido. En ese punto, la montaña deja de ser un reto físico y se convierte en una urgencia médica.
Qué hacer si tienes soroche: cuánto tiempo tienes para actuar
Ella sabe bien qué hacer. Lo recuerda de la universidad como si estuviera leyendo una diapositiva proyectada en su propio cráneo: lo que más cambia el pronóstico no es aguantar, es bajar. En altura no falla el pulmón; falla el aire. Cada metro de descenso aumenta la presión parcial de oxígeno y mejora, de forma tangible, lo que su sangre puede transportar hacia el cerebro.
En un hospital, la alternativa sería distinta: oxígeno suplementario, una cámara hiperbárica portátil, o incluso ciertos fármacos que reducen la presión en los pulmones o el cerebro. Pero allí, en medio de la montaña, nada de eso está disponible. Para su cuerpo solo existe una opción realista: buscar aire más denso descendiendo.
Mientras tanto, su organismo intenta compensar por su cuenta. Los quimiorreceptores detectan la caída de oxígeno y disparan el sistema simpático: el corazón se acelera, aparece taquicardia, puede subir la presión arterial. No es valentía ni ansiedad: es un mecanismo de emergencia para empujar más oxígeno por minuto. Si ella permanece arriba, la fisiología sigue perdiendo.
La pregunta real es el tiempo. Si los síntomas son leves y se estabilizan con reposo, el cuerpo a veces logra aclimatarse. Pero si hay falta de aire en reposo, torpeza, confusión, dolor de cabeza que empeora o una sensación de deterioro rápido, la ventana se estrecha. En esos casos, actuar pronto importa más que cualquier plan turístico: descender, pedir ayuda y, si está disponible, usar oxígeno suplementario mientras se baja puede marcar la diferencia.
¿Se puede morir por hipoxia en la montaña?
El edema cerebral de altura puede progresar en silencio hasta provocar pérdida de conciencia. El edema pulmonar puede llenar los alveolos de líquido y hacer que el intercambio de oxígeno colapse. Ella ha visto radiografías así. Ha firmado informes de defunción con ese mecanismo escrito en frío.
Sí, se puede morir de hipoxia. No por agotamiento, ni por debilidad, sino porque las células dejan de recibir lo que necesitan para producir energía. Mientras el paisaje andino sigue intacto frente a sus ojos, ella entiende que no está teniendo un mal rato turístico: está entrando en una emergencia médica. Y por primera vez desde que bajó del autobús, su mente se vuelve brutalmente clara. No necesita más fotos. No necesita más altura. Necesita bajar ahora.
Recuperación y aclimatación: cuándo es seguro volver a subir
Ella empieza a notar el cambio casi de inmediato cuando el coche inicia el descenso. Al perder altura, la presión de oxígeno en el aire aumenta, por lo que hay más concentración de oxígeno en cada inspiración de aire y, con cada respiración, su hemoglobina vuelve a cargarse un poco mejor.
La niebla mental se disipa primero, luego el mareo, después esa sensación de asfixia que parecía no tener causa. Ese es el patrón de recuperación. El cerebro es rápido en agradecer el oxígeno cuando vuelve a recibirlo, y muchas de las funciones que parecían perdidas regresan en cuestión de minutos u horas si no ha habido daño estructural.
Sabe también cuándo podría volver a subir, y no es cuando se siente un poco mejor, sino cuando su fisiología se ha reajustado de verdad. Dormir una o dos noches a menor altitud permite que aumente la ventilación, que los riñones corrijan el equilibrio ácido-base y que la sangre empiece a transportar oxígeno con más eficacia. Solo cuando puede caminar y respirar sin síntomas, incluso con esfuerzo ligero, siente que su cuerpo ha dejado de negociar con el aire.
¿Por qué a unas personas les afecta más que a otras?
No todos los cuerpos reaccionan igual al mal de altura ni a la hipoxia. Hay personas cuya ventilación pulmonar aumenta rápido cuando baja el oxígeno, mientras que otras responden de forma lenta e ineficiente. La afinidad de la hemoglobina por el oxígeno, la densidad de capilares, la sensibilidad de los quimiorreceptores de las carótidas y la tolerancia cerebral a la falta de oxígeno varían de un organismo a otro. Por eso dos personas pueden estar respirando el mismo aire andino y solo una desarrollar soroche grave.
Tampoco depende tanto de la forma física como suele creerse. Un atleta puede tener un corazón potente y pulmones grandes, pero si su respuesta ventilatoria a la altura es pobre, también sufrirá hipoxia. En cambio, alguien sedentario puede aclimatarse mejor si su organismo activa con eficacia los mecanismos de adaptación.
Y sí, pueden existir diferencias entre hombres y mujeres, aunque no son determinantes. La evidencia sugiere que las hormonas influyen en la ventilación, en la producción de glóbulos rojos y en cómo se distribuye el oxígeno en los tejidos, lo que puede modificar la forma en que cada organismo responde a la altura. Pero en la práctica, estas variaciones son solo una pieza más del rompecabezas: en la montaña no manda el sexo ni el músculo, sino cómo cada biología gestiona la falta de oxígeno.
¿Cómo suele ser el mal de altura para la mayoría de turistas que lo sufren?
Para la mayoría de turistas, el mal de altura no se manifiesta como una emergencia dramática, sino como un síndrome progresivo y bastante reconocible. Lo habitual es que aparezca entre las primeras 6 y 24 horas tras llegar a una ciudad o zona elevada, con síntomas como dolor de cabeza persistente, fatiga extrema, náuseas, pérdida de apetito y una sensación extraña de “no poder coger aire del todo”. No es que los pulmones estén dañados, es que el aire contiene menos oxígeno y el cuerpo todavía no ha ajustado su fisiología para aprovecharlo mejor.
En la mayoría de los casos, el organismo acaba adaptándose por sí solo si la persona descansa, duerme a esa altitud y evita esfuerzos intensos durante uno o dos días. El cuerpo aumenta la ventilación, los riñones modifican el equilibrio ácido-base y la sangre empieza a transportar oxígeno de forma más eficiente. Por eso mucha gente se encuentra fatal el primer día y sorprendentemente mejor al segundo o tercero. Es incómodo, a veces muy molesto, pero suele ser transitorio y reversible.
Lo importante es entender que este malestar no significa debilidad ni mala forma física. Incluso personas jóvenes y sanas pueden sufrirlo. Es simplemente la respuesta de un cerebro humano enfrentándose a un entorno para el que no fue diseñado. La mayoría se aclimata y sigue su viaje. Pero una pequeña fracción no lo hace… y ahí es donde la montaña deja de ser turística y empieza a ser médica.
¿El mal de altura o soroche siempre implica hipoxia y viceversa?
No, el mal de altura y la hipoxia no son lo mismo, y tampoco una implica siempre a la otra. El soroche es un síndrome que ocurre cuando una persona sube rápido a gran altitud y su cuerpo no se adapta a la caída de oxígeno ambiental. En ese contexto, sí, la causa casi siempre es la hipoxia. Pero la hipoxia en sí no es exclusiva de la montaña. Es simplemente una situación en la que los tejidos no reciben suficiente oxígeno, y eso puede ocurrir por muchas razones distintas.
Por ejemplo, una persona con neumonía, asma grave, COVID, fibrosis pulmonar o edema pulmonar puede tener hipoxia aunque esté al nivel del mar, porque el oxígeno no logra pasar bien de los pulmones a la sangre. También ocurre en anemia severa, donde hay oxígeno en el aire pero no suficientes glóbulos rojos para transportarlo. O en insuficiencia cardíaca, donde la sangre no se bombea con la fuerza necesaria. Incluso una intoxicación por monóxido de carbono produce hipoxia aunque los pulmones estén sanos, porque la hemoglobina queda bloqueada y no puede llevar oxígeno al cerebro.
En cambio, en la montaña sucede otra variante: los pulmones y la sangre funcionan bien, pero el aire trae poco oxígeno. Esa es la hipoxia hipobárica de la altura. Cuando esa hipoxia provoca síntomas neurológicos y generales, lo llamamos mal de altura o soroche. Así que todo soroche implica hipoxia… pero muchísima hipoxia ocurre cada día en hospitales, ciudades y casas, lejos de cualquier montaña. Y eso es lo que la vuelve tan peligrosa: no siempre viene con paisaje.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la hipoxia y por qué ocurre en la altura?
La hipoxia es una situación en la que los tejidos del cuerpo reciben menos oxígeno del que necesitan para mantener su metabolismo. En la altura no ocurre porque los pulmones estén dañados, sino porque la presión del oxígeno en el aire es menor. Eso hace que, incluso respirando aire limpio, la sangre no pueda cargar suficiente oxígeno en la hemoglobina, y el cerebro empiece a funcionar con déficit energético.
¿Cuál es la diferencia entre hipoxia y mal de altura?
La hipoxia es el fenómeno fisiológico: la falta de oxígeno en los tejidos. El mal de altura o soroche es el síndrome clínico que aparece cuando esa hipoxia provoca síntomas neurológicos, digestivos y generales. Es decir, una persona puede tener hipoxia sin estar en la montaña, pero el soroche es una forma específica de hipoxia provocada por la altitud.
¿A partir de qué altitud puede aparecer la hipoxia?
La presión de oxígeno empieza a caer de forma significativa a partir de los 2.000 metros, pero el riesgo clínico aumenta sobre todo por encima de los 2.500–3.000 metros. La velocidad de ascenso es tan importante como la altura: subir rápido sin aclimatación multiplica la probabilidad de desarrollar hipoxia sintomática, incluso a altitudes moderadas.
¿Cómo saber si tengo hipoxia o solo cansancio?
El cansancio se alivia con reposo. La hipoxia no. Si aparecen dolor de cabeza persistente, mareo, confusión, torpeza, palpitaciones o dificultad para respirar incluso en reposo, no es fatiga normal: es una señal de falta de oxígeno.
¿Se puede morir por hipoxia en la montaña?
Sí. En algunos casos, la hipoxia desencadena edema cerebral de altura o edema pulmonar de altura, dos procesos en los que se acumula líquido en el cerebro o en los pulmones. Ambos pueden evolucionar en pocas horas hacia pérdida de conciencia, insuficiencia respiratoria y muerte si no se desciende rápidamente.
¿Cómo se trata la hipoxia de altura?
El tratamiento que más cambia el pronóstico es descender a una altitud menor, porque aumenta inmediatamente la cantidad de oxígeno disponible. Cuando se dispone de ellos, el oxígeno suplementario, las cámaras hiperbáricas portátiles y algunos medicamentos pueden estabilizar al paciente, pero no sustituyen el efecto fisiológico de volver a un entorno con aire más rico en oxígeno.
Referencias científicas
- Bärtsch, P., & Swenson, E. R. (2013). Acute high-altitude illnesses. New England Journal of Medicine, 368(24), 2294–2302.
- Basnyat, B., & Murdoch, D. R. (2003). High-altitude illness. The Lancet, 361(9373), 1967–1974.
- Centers for Disease Control and Prevention. (2024). High-altitude travel and altitude illness. In CDC Yellow Book 2024: Health Information for International Travel. Oxford University Press.
- Hackett, P. H., & Roach, R. C. (2001). High-altitude illness. New England Journal of Medicine, 345(2), 107–114.
- Luks, A. M., Auerbach, P. S., Freer, L., Grissom, C. K., Keyes, L. E., McIntosh, S. E., Rodway, G. W., Schoene, R. B., Zafren, K., & Hackett, P. H. (2019). Wilderness Medical Society clinical practice guidelines for the prevention and treatment of acute altitude illness: 2019 update. Wilderness & Environmental Medicine, 30(4S), S3–S18.
- Roach, R. C., Hackett, P. H., Oelz, O., Bärtsch, P., Luks, A. M., MacInnis, M. J., & Baillie, J. K. (2018). The 2018 Lake Louise Acute Mountain Sickness Score. High Altitude Medicine & Biology, 19(1), 4–6.
- West, J. B., Schoene, R. B., & Milledge, J. S. (2012). High altitude medicine and physiology (5th ed.). CRC Press.
2 comentarios
Ha sido muy interesante y tan bien narrado que hubo momentos que me causaba ansiedad. Había oido hablar de la hipoxia pero ahora entiendo sus síntomas y sus tratamientos mejor. Gracias
Una explicación súper interesante narrada de forma original y fácil de entender. Muy útiles las aclaraciones del final, excelente información!