La inflexibilidad psicológica y el perfil psicopatológico en adictos
Mike MunayCompartir
No se despierta un día siendo adicto. La dependencia llega a hurtadillas, disfrazada de alivio. Una copa para calmar los nervios. Una línea para sentirte vivo. Una apuesta más, solo una, para olvidar el resto. Nadie elige su prisión a conciencia. Pero cuando menos lo esperas, tu vida ya no gira en torno al placer, sino a evitar el dolor. Y para entonces, escapar ya no se trata de una opción. Es un reflejo.
Detrás del consumo hay más que sustancias o pantallas: hay angustia, hay vacío, hay una maquinaria interna que no sabe cómo tolerar la incomodidad de estar vivo. Lo trágico no es solo la adicción, sino el mecanismo que la alimenta en silencio: esa rigidez interna que convierte cualquier emoción en amenaza, y cualquier escape en hábito. Esa inflexibilidad que no se ve, pero lo gobierna todo.
Este artículo no habla solo de adicciones. Habla del miedo a sentir. Y de lo que ocurre cuando ese miedo se convierte en brújula.
¿Qué es realmente la inflexibilidad psicológica?
La inflexibilidad psicológica, desde el modelo de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), se define como un patrón rígido de funcionamiento en el que la conducta está gobernada más por el intento de evitar o controlar eventos internos (pensamientos, emociones, sensaciones) que por los propios valores o metas a largo plazo. No se trata de una metáfora, es un constructo medible, con base empírica sólida, y operacionalizado mediante herramientas como el Acceptance and Action Questionnaire-II (AAQ-II).
Este patrón se manifiesta a través de cuatro procesos nucleares:
- Evitación experiencial: una tendencia persistente a evitar, suprimir o escapar de experiencias internas negativas, aun cuando esa evitación comprometa seriamente la calidad de vida.
- Fusión cognitiva: la persona queda atrapada en sus pensamientos, tomándolos como verdades absolutas ("si siento ansiedad, es que algo malo va a pasar"), lo que restringe su comportamiento.
- Rigidez conductual: pérdida de flexibilidad en la acción. Las respuestas se automatizan en función de aliviar el malestar inmediato, sin atender a los efectos a largo plazo.
- Desconexión de valores: cuando el foco está puesto en dejar de sentir, se abandona lo que realmente importa. La vida ya no se guía por principios personales, sino por la evitación del dolor.
La inflexibilidad psicológica no es simplemente "tener dificultades emocionales". Es un proceso funcional que bloquea la adaptación y mantiene el sufrimiento.
Inflexibilidad psicológica como núcleo transdiagnóstico
La inflexibilidad psicológica no pertenece solo al mundo de las adicciones. Es un factor transdiagnóstico identificado en una amplia gama de trastornos mentales: depresión, trastornos de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), trastorno límite de la personalidad (TLP) y trastorno por estrés postraumático (TEPT), entre otros.
Esto se alinea con el enfoque dimensional de la psicopatología, que contrasta con los modelos categoriales clásicos como el DSM. Desde esta perspectiva, lo importante no es tanto identificar qué trastorno tienes, sino detectar qué procesos psicológicos están operando. Y la inflexibilidad (junto con la rumiación, la intolerancia a la incertidumbre o el perfeccionismo) es uno de esos procesos que aparecen transversalmente.
Chawla y Ostafin (2007) ofrecieron una revisión que respalda este enfoque: personas con diagnósticos muy diversos comparten una misma estrategia fallida para lidiar con el sufrimiento interno. No es casualidad que terapias como ACT estén mostrando eficacia en múltiples trastornos; todas trabajan, en esencia, sobre la misma raíz: la relación del individuo con su experiencia interna.
¿Qué tienen en común todas las adicciones?
Más allá de las sustancias o las conductas específicas, todas las adicciones comparten un patrón funcional: el uso de una vía externa para escapar de un malestar interno.
Esto se conoce como refuerzo negativo: no busco placer, busco dejar de sentir dolor. No es tanto “me encanta beber/jugar/conectar”, sino “no puedo con esta ansiedad/soledad/culpa, y esto me lo apaga por un rato”.
La automatización del escape es otra característica común. Al principio, la persona elige usar o actuar; con el tiempo, la conducta se convierte en respuesta automática ante cualquier forma de disconfort. La droga cambia, el mecanismo no.
Esto es lo que convierte a la inflexibilidad psicológica en el pegamento que une todas las formas de adicción bajo un mismo patrón de funcionamiento desadaptativo.
El perfil psicopatológico en personas con adicciones
Hablar de adicción es hablar de complejidad clínica. Muy rara vez nos encontramos ante una persona que solo presenta un patrón de consumo aislado. Lo más habitual, tanto en la práctica clínica como en la literatura científica, es que la adicción esté acompañada de un abanico amplio de síntomas psicológicos que forman un perfil psicopatológico denso y, en muchos casos, crónicamente instalado.
Alta comorbilidad: más regla que excepción
Diversos estudios poblacionales han constatado que entre el 60% y el 80% de las personas con un trastorno por consumo de sustancias (TUS) cumplen también criterios para al menos un trastorno mental adicional. Esta concurrencia, conocida como patología dual, puede adoptar muchas formas, pero las más frecuentes son:
- Trastornos del estado de ánimo, especialmente depresión mayor y distimia.
- Trastornos de ansiedad, como fobia social, ansiedad generalizada o ataques de pánico.
- Trastornos de la personalidad, en particular rasgos límite, evitativos y antisociales.
- Síntomas postraumáticos no siempre formalizados como TEPT.
El orden de los factores varía: hay quienes desarrollan síntomas depresivos tras años de consumo y deterioro personal, y hay quienes comienzan consumiendo como forma de automedicarse ante una ansiedad abrumadora o una historia de trauma no resuelta.
Por ejemplo, una mujer de 35 años que llega a consulta con dependencia a benzodiacepinas puede, tras una evaluación más profunda, revelar un largo historial de ansiedad social y aislamiento, intensificado desde la adolescencia. En ese caso, la droga no aparece como fin recreativo, sino como solución desesperada para funcionar en entornos que su mente vive como hostiles. La comorbilidad no es casual: es funcional.
Rasgos frecuentes: más allá del diagnóstico
Más allá de etiquetas diagnósticas, lo que suele repetirse en el perfil psicológico de una persona con adicción es un conjunto de rasgos clínicos transversales, que configuran una vulnerabilidad específica:
- Impulsividad: tendencia a actuar sin valorar las consecuencias, especialmente en contextos de malestar. La persona actúa antes de pensar en lo que va a hacer. Por ejemplo, un joven que, ante la frustración por una ruptura, compra compulsivamente y se endeuda hasta quedar paralizado por la ansiedad.
- Alta reactividad emocional: las emociones aparecen de forma intensa y con poco umbral. Una pequeña crítica puede detonar ira, una sensación de soledad puede llevar al llanto incontenible, o una imagen puede activar recuerdos traumáticos con fuerza desproporcionada.
- Dificultades de regulación emocional: se detecta un repertorio muy limitado para manejar el malestar. La persona no sabe calmarse sin recurrir a una sustancia o conducta externa. No es solo que no quiera sentir; es que no ha aprendido a hacerlo de otro modo.
- Anhedonia: pérdida o disminución marcada de la capacidad para experimentar placer. Esto no solo alimenta la apatía, sino que reduce la motivación para buscar actividades alternativas al consumo. Un paciente puede verbalizar: "Sé que hacer deporte me ayudaría, pero todo me da igual".
- Baja autoestima y autoimagen deteriorada: muchas personas con adicción arrastran una narrativa interna profundamente negativa sobre sí mismas. Se consideran defectuosas, irrecuperables, sin valor. Esta visión suele alimentarse por el ciclo de recaídas, culpa y vergüenza.
Diferencias individuales sin caer en reduccionismo
Es importante enfatizar que no existe un tipo de persona adicta. No hay un fenotipo psicológico fijo que prediga con certeza quién desarrollará una adicción. Lo que sí existe es un conjunto de procesos disfuncionales compartidos que aumentan la vulnerabilidad: patrones de evitación, dificultad para modular emociones, falta de sentido vital, historia de trauma o abandono, entre otros.
Dos personas pueden tener dependencia a la misma sustancia y, sin embargo, tener historias clínicas radicalmente distintas. Un ejecutivo con adicción al alcohol puede presentar un alto nivel de control externo, pero vivir una desconexión total de sus emociones y una soledad crónica disfrazada de éxito. En contraste, una mujer con consumo problemático de heroína puede haber vivido abusos en la infancia, pasar por múltiples dispositivos de atención social y tener una historia marcada por la negligencia y la violencia.
Ambos pueden compartir el mismo diagnóstico, pero el motor emocional detrás del consumo será diferente, así como el tipo de apego, los esquemas cognitivos, la red de apoyo y los recursos personales disponibles.
El hilo conductor: la inflexibilidad como terreno fértil
En este contexto, la inflexibilidad psicológica actúa como una especie de sustrato común que sostiene el perfil psicopatológico. No como causa única, pero sí como facilitador de trayectorias clínicas difíciles. Una persona con alta evitación experiencial, fusión cognitiva y desconexión de valores tendrá más dificultades para procesar el dolor psíquico de forma adaptativa, y más probabilidades de recurrir a la adicción como respuesta automática.
Esta idea ayuda a despatologizar sin trivializar: no es que el adicto quiera estar mal, sino que tiene muy pocas vías disponibles para estar bien. La adicción se vuelve el atajo que su mente y su historia le han enseñado como funcional, aunque le esté destruyendo.
Evitación experiencial: cuando no sentir se convierte en estrategia
En el centro de la inflexibilidad psicológica hay una estrategia aprendida, repetida y finalmente automatizada: no sentir. Evitar cualquier experiencia interna que duela. Este proceso, conocido como evitación experiencial, es probablemente uno de los motores más poderosos del sufrimiento humano crónico, y en las adicciones, opera como una especie de “modo de vida”.
¿Qué significa evitar la experiencia interna?
La evitación experiencial no es solo rechazar una emoción, sino intentar activamente controlar, reducir o eliminar pensamientos, sensaciones físicas, emociones o recuerdos desagradables, incluso cuando esos intentos implican consecuencias negativas para la vida de la persona.
No es algo abstracto. Es beber para no recordar. Es apostar para dejar de pensar. Es aislarse para no sentir vergüenza. Es dormir para no tener que lidiar con la ansiedad. Es, en suma, tomar medidas, muchas veces drásticas, para huir del mundo interno.
Por ejemplo, una persona que experimenta un ataque de pánico puede empezar a evitar supermercados, estaciones, reuniones… no porque odie esos lugares, sino porque teme lo que siente en ellos. Con el tiempo, su mundo se encoge. La evitación ha ganado.
En adicciones, la evitación tiene forma de consumo. No es que la droga sea deseada por sí misma, sino que se convierte en el recurso más rápido para silenciar el ruido interno.
¿Por qué funciona a corto plazo?
Porque sí funciona. Y eso es parte del problema.
Beber alcohol, inhalar cocaína, jugar compulsivamente, desconectarse frente a una pantalla… todos estos actos logran reducir o suprimir, al menos temporalmente, emociones displacenteras como la angustia, la culpa, la soledad o la rabia.
Este alivio inmediato es percibido como un triunfo. Se siente como volver a la calma, aunque solo dure minutos. Es tan potente ese efecto que el cerebro lo registra como una estrategia útil. Y la persona lo confirma: "Cuando consumo, dejo de pensar".
Por eso, muchos tratamientos fracasan cuando solo apuntan al consumo, sin ofrecer alternativas reales de regulación emocional. Si no se reemplaza esa vía rápida de escape por otra forma de estar con el malestar, la persona simplemente vuelve al único recurso que conoce.
¿Por qué destruye a largo plazo?
Porque el precio del alivio es la vida.
La evitación experiencial constante cierra puertas: la persona deja de hacer lo que valora, pierde relaciones, evita desafíos, renuncia a metas. El malestar no desaparece, se transforma en ansiedad flotante, en anhedonia, en disociación. Y el repertorio conductual se empobrece hasta que solo queda una opción: evitar sintiendo menos, y consumir más.
Además, la evitación intensifica el problema original. Aquello que no se enfrenta, un duelo, una inseguridad, una emoción reprimida, no se resuelve con el tiempo si se evita. Por el contrario, suele amplificarse. El dolor que no se procesa se convierte en sufrimiento crónico. Y eso genera más necesidad de evitar.
Así, se construye un ciclo: siento → evito → alivio breve → consecuencias negativas → más malestar → más necesidad de evitar. Y cada vuelta de ese ciclo hace que la persona se aleje más de su vida y se enrede más con su adicción.
Inflexibilidad, cerebro y hábito: cuando el escape se automatiza
Desde un punto de vista neuroconductual, la inflexibilidad se traduce en pérdida de control. Los circuitos de recompensa refuerzan la conducta adictiva, mientras que los circuitos del estrés se sobreactivan ante cualquier malestar, amplificando la urgencia de escapar.
El aprendizaje de evitación se convierte en hábito: ya no necesito pensar para actuar, mi cuerpo ya sabe lo que “tiene que hacer” para no sentir. Y por eso, querer parar no basta.
La conducta adictiva no se mantiene solo por elección consciente, sino porque ha colonizado el sistema de respuesta automática. Aquí es donde la neurociencia se encuentra con la terapia: cambiar ese hábito requiere reentrenar no solo el comportamiento, sino la relación con las señales internas que lo disparan.
Diferencias de sexo y variables moduladoras
Los estudios muestran que las mujeres con adicciones tienden a presentar mayor inflexibilidad psicológica y una mayor carga psicopatológica, especialmente en lo afectivo (ansiedad, depresión, trauma).
Pero estas diferencias no deben interpretarse como determinismos biológicos simples. El contexto social, el aprendizaje emocional temprano y las experiencias de trauma juegan un papel clave.
Por ejemplo, una mujer puede haber aprendido desde niña que mostrar dolor es peligroso, y por tanto desarrolla una evitación más intensa. En cambio, un hombre puede haber aprendido que solo se permite expresar la ira, y canaliza su malestar en conductas impulsivas. El patrón es el mismo: no saber estar con lo que se siente.
Implicaciones clínicas: tratar la raíz y no solo el síntoma
Si la adicción es una respuesta rígida al dolor interno, tratar solo la conducta (abstinencia) es como tapar una grieta sin revisar los cimientos.
Abordar la inflexibilidad psicológica implica cambiar la relación con la experiencia interna, no solo eliminar el consumo. Aquí es donde modelos como ACT ofrecen una vía poderosa: no porque sean una panacea, sino porque se centran en la raíz del problema.
La evidencia muestra que incrementar la flexibilidad psicológica se asocia con menor riesgo de recaída, mayor calidad de vida y mejoras más sostenidas. No se trata solo de dejar de consumir, sino de aprender a vivir sin necesidad de escapar constantemente.
Cuando aprender a sentir se convierte en tratamiento
El trabajo terapéutico con la inflexibilidad gira en torno a tres pilares:
- Exposición emocional: enfrentar gradualmente lo que duele, en lugar de anestesiarlo.
- Aceptación del malestar: entender que sufrir es parte de vivir, no una señal de fracaso.
- Reconexión con los valores: recuperar el sentido de por qué merece la pena soportar el malestar.
Es un cambio radical: del control al contacto. De huir, a quedarse. No porque sea cómodo, sino porque es el único camino sostenible.
Conclusión: salir del laberinto no es huir, es quedarse
Volvemos al principio: la adicción no es solo un problema de conducta, sino un intento desesperado de no sentir.
La inflexibilidad psicológica es el hilo que teje esa historia: cuanto más huyo de lo que siento, más pierdo el control de mi vida. El objetivo del tratamiento no es solo cortar ese hilo, sino aprender a sostenerlo sin que nos asfixie.
Salir del laberinto de la adicción no es encontrar una salida externa. Es aprender a caminar dentro del laberinto con los ojos abiertos, sin correr, sin evitar. Quedarse con uno mismo. Aunque duela. Sobre todo cuando duele.
Reflexión
Porque al final, la adicción no es solo una historia de excesos, sino de evitaciones. No se trata únicamente de lo que alguien consume, sino de aquello de lo que huye. Y mientras sigamos tratando el síntoma sin mirar la raíz, a esa intolerancia al dolor humano, a esa urgencia por silenciar lo que duele, seguiremos perdiendo la batalla donde realmente importa.
La inflexibilidad psicológica no grita, no golpea. Se manifiesta en decisiones pequeñas, en patrones repetidos, en la dificultad de quedarse en uno mismo sin anestesia. Pero cuando aprendemos a mirar de frente el miedo, la pena, el deseo roto… entonces empieza el verdadero proceso de desintoxicación: no de sustancias, sino del rechazo a sentir.
Y quizás ahí, en esa apertura al malestar como parte de vivir, esté la salida del laberinto. No como una huida, sino como un regreso. A uno mismo. Con todo lo que eso implica.
El problema no es a lo que uno se hace adicto, sino de lo que tiene que huir para provocar que se genere adicción a sus vías de escape.
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2 comentarios
Que maravilla de artículo. Excelente y sencilla explicación de este fenómeno, al que se le debería de dar mucha más atención, ya que como hemos podido leer, está detrás de la perpetuación de una gran cantidad de sucesos destructivos. ¡Enhorabuena y gracias por darle visibilidad!
Excelente artículo, buen tema del cual reflexionar 💕✨