El uso de portabebés y sus mejoras en la respuesta de la amígdala al llanto infantil
Mike MunayCompartir
El llanto de un bebé no es solo sonido. Es una alarma biológica. Un estímulo diseñado para atravesar paredes, sueño, paciencia y lógica. Cuando suena, algo muy antiguo se activa en el cerebro adulto: la amígdala, ese núcleo primitivo que decide en milisegundos si huir, atacar… o cuidar.
Pero no todos los llantos se procesan igual. Hay padres que se tensan, se bloquean, se sienten sobrepasados. Y hay otros que, ante el mismo llanto, responden con calma casi quirúrgica. La diferencia no siempre está en la experiencia, ni en la personalidad, ni siquiera en el amor. A veces está en el cuerpo. En la distancia física. En si ese bebé está lejos… o literalmente pegado al pecho.
El portabebés no es solo una herramienta de crianza, ya que puede actual como un modulador del contexto neurobiológico de la respuesta del adulto. Un puente entre dos sistemas nerviosos que todavía no saben funcionar solos. Y en ese contacto constante, silencioso, casi invisible, la amígdala adulta se reajusta progresivamente: el llanto no es una amenaza, sino una señal regulable.
Este artículo no va de modas parentales ni de “crianza con apego” como etiqueta. Va de neurociencia pura. De cómo cargar a un bebé puede modificar la forma en la que el cerebro adulto procesa el estrés, la urgencia y el miedo. Y de por qué, cuando entendemos esto, el llanto deja de ser ruido… y se convierte en información.
El llanto infantil como estímulo neurobiológico: qué activa realmente en el cerebro adulto
El llanto infantil no es un sonido neutro ni un simple ruido molesto. Funciona como una señal neurobiológica de alta prioridad, diseñada para captar la atención del adulto de forma rápida y eficaz. Ante esta señal, el cerebro parental activa circuitos de detección de relevancia emocional, con un papel destacado de la amígdala, encargada de evaluar si lo que ocurre requiere una respuesta inmediata. Esta activación orienta la atención, incrementa la vigilancia y moviliza recursos emocionales y fisiológicos necesarios para el cuidado.
Esta respuesta es, en condiciones normales, adaptativa. El llanto indica una necesidad y el cerebro adulto se organiza para responder a ella. Sin embargo, cuando la señal se prolonga o aparece en contextos de fatiga, estrés o sobrecarga emocional, la activación puede intensificarse y volverse más difícil de regular. En lugar de facilitar el cuidado, el llanto empieza a vivirse como una experiencia de urgencia constante que desborda la capacidad de respuesta organizada.
En esos contextos, el cerebro adulto no falla por falta de sensibilidad, sino por exceso de activación. Comprender el llanto como una señal biológica, y no como un simple desencadenante emocional, es clave para entender por qué variables como la distancia física, el estado corporal del cuidador o el contacto cercano pueden modificar de forma significativa cómo se procesa esta señal en el cerebro.
La amígdala parental: entre la alarma y la regulación emocional
La amígdala parental no funciona como un simple centro del miedo, sino como un sistema de asignación de prioridades emocionales. Su función principal es detectar estímulos relevantes, como el llanto infantil, y decidir con rapidez cuánta urgencia merecen. En padres y madres, esta estructura muestra una activación especialmente sensible ante el llanto, reflejando una adaptación neurobiológica ligada al rol de cuidado más que una respuesta patológica.
Sin embargo, esta activación no es uniforme ni automática. Factores como la fatiga acumulada, el estrés sostenido o la historia personal de adversidad modulan cómo responde la amígdala. En algunos contextos, puede intensificar la señal y generar una sensación de urgencia desbordante; en otros, puede atenuarse en exceso, dando lugar a respuestas emocionales más planas o desconectadas. En ambos casos, el problema no es la falta de vínculo, sino una dificultad transitoria de regulación emocional.
Este equilibrio delicado entre alarma y regulación no depende únicamente del sonido del llanto, sino del contexto en el que se percibe. La información corporal disponible, la cercanía física y el estado fisiológico del adulto influyen de forma decisiva en cómo la amígdala interpreta la señal. Para entender por qué el contacto físico puede inclinar esta balanza hacia una respuesta más organizada, es necesario observar qué ocurre cuando el bebé deja de estar a distancia y pasa a formar parte del propio espacio corporal del cuidador.
Contacto físico y cerebro: qué ocurre cuando el bebé está pegado al cuerpo
Cuando el bebé se mantiene en contacto físico estrecho con el adulto, el procesamiento del llanto ocurre en un contexto sensorial radicalmente distinto. El tacto profundo, el calor corporal, el movimiento rítmico y la propiocepción aportan información continua al sistema nervioso adulto, reduciendo la incertidumbre asociada a la señal auditiva. Este cambio en el entorno sensorial se asocia a una mayor estabilidad fisiológica tanto en el cuidador como en el bebé.
Desde una perspectiva neuropsicológica, la proximidad corporal disminuye la ambigüedad del estímulo. El adulto no necesita interpretar a distancia qué ocurre, porque el cuerpo del bebé ofrece señales constantes sobre su estado. Esta información facilita que la amígdala no opere exclusivamente en modo de alarma, permitiendo una evaluación más matizada de la situación y una regulación emocional más organizada.
El efecto del contacto físico no reside en eliminar la activación emocional, sino en hacerla más predecible y manejable. Al integrar señales táctiles y posturales, el cerebro adulto dispone de más datos para modular su respuesta, reduciendo la probabilidad de reacciones defensivas desproporcionadas. Este punto es clave para entender por qué prácticas que mantienen la proximidad de forma sostenida, como el uso del portabebés, pueden influir de manera consistente en la experiencia emocional del cuidado.
Portabebés y modulación del estrés: evidencia desde la psicología y la neurociencia
El uso del portabebés no debe entenderse como una solución automática al malestar parental, sino como una práctica que modifica el contexto en el que el cerebro adulto procesa el llanto. La evidencia disponible muestra que mantener una proximidad corporal sostenida puede alterar la forma en que se activa la amígdala ante esta señal, especialmente en cuidadores que inicialmente presentan una menor sensibilidad al llanto infantil.
Algunos estudios controlados han observado que el porteo se asocia a un incremento de la reactividad amigdalar ante el llanto, particularmente en padres. Este hallazgo no indica un aumento del estrés, sino una mayor sensibilidad a la señal, interpretada como una activación más afinada hacia el cuidado y no como una respuesta defensiva. En este contexto, una amígdala más reactiva no implica mayor malestar, sino una detección más temprana y organizada de la necesidad del bebé.
Al mismo tiempo, el porteo se relaciona con una reducción del llanto infantil y de los indicadores fisiológicos de estrés, lo que introduce un matiz clave en la interpretación de estos resultados. Parte del efecto observado puede deberse a que el estímulo se vuelve menos intenso o menos frecuente, y no exclusivamente a cambios en el cerebro adulto. Por este motivo, aunque la relación es consistente, la evidencia obliga a mantener prudencia: no todos los estudios permiten establecer causalidad directa, y variables como el tiempo de interacción, la motivación parental o el contexto emocional influyen de forma significativa.
Más allá de los mecanismos aislados, el interés del portabebés reside en que actúa simultáneamente sobre ambos sistemas implicados en el llanto: el del adulto y el del bebé. Este doble efecto abre la puerta a comprender el porteo no solo como una práctica individual, sino como un elemento que puede modificar la dinámica de regulación compartida entre cuidador e hijo.
Regulación cruzada: cómo el estado del adulto calma (o amplifica) el llanto del bebé
La regulación emocional en los primeros meses de vida no es un proceso individual, sino un fenómeno compartido entre el bebé y su cuidador. El llanto activa respuestas fisiológicas y emocionales en el adulto, y esas respuestas (a través del tono corporal, el ritmo, la tensión muscular o la respiración) influyen a su vez en el estado del bebé. Este intercambio continuo configura bucles de retroalimentación que pueden estabilizar o intensificar el malestar inicial.
Cuando el adulto se encuentra altamente activado, su cuerpo transmite señales de imprevisibilidad que el bebé, aún inmaduro a nivel regulatorio, no puede integrar. En ese contexto, el llanto tiende a mantenerse o intensificarse. Por el contrario, cuando el sistema nervioso adulto logra una activación más estable, el bebé dispone de un entorno corporal predecible que facilita la reducción progresiva del malestar. La clave no está en suprimir la activación, sino en mantenerla dentro de márgenes regulables.
El porteo introduce una modificación relevante en esta dinámica al favorecer la estabilidad fisiológica del cuidador: movimiento rítmico, postura sostenida y contacto continuo. Al disminuir la variabilidad caótica de las señales adultas, se reduce la probabilidad de escaladas emocionales recíprocas. En este contexto, la amígdala adulta no necesita amplificar la urgencia del llanto, y el bebé responde a un cuerpo que transmite coherencia y continuidad.
Entender la regulación como un proceso compartido permite desplazar el foco del “control del llanto” hacia la organización del contexto relacional. Esta perspectiva resulta especialmente relevante cuando se analizan las posibles implicaciones del porteo no solo como práctica cotidiana, sino como apoyo preventivo frente al desgaste emocional asociado al cuidado temprano.
Implicaciones clínicas y cotidianas: crianza, salud mental y prevención del desgaste parental
Desde una perspectiva clínica, los mecanismos descritos permiten entender el porteo como una herramienta contextual de apoyo a la regulación emocional, más que como una intervención terapéutica en sí misma. Al modificar la forma en que el cerebro adulto procesa el llanto y reducir la probabilidad de escaladas emocionales, puede contribuir a disminuir la sobrecarga afectiva asociada al cuidado intensivo, especialmente en periodos de alta demanda.
En la vida cotidiana, este efecto se traduce en una mayor disponibilidad emocional del cuidador sin un aumento proporcional del desgaste. No se trata de eliminar el cansancio ni el malestar, sino de hacerlos más manejables, evitando que la activación sostenida derive en irritabilidad crónica, desconexión emocional o sentimientos de incompetencia parental. En este sentido, el porteo puede actuar como un facilitador de estabilidad en contextos donde la autorregulación adulta está transitoriamente comprometida.
Sin embargo, es fundamental reconocer sus límites. El porteo no sustituye el acompañamiento psicológico o psiquiátrico cuando existen cuadros de depresión, ansiedad significativa o trauma no resuelto. Además, su efecto no es homogéneo: para algunas personas, el contacto físico constante puede resultar inicialmente sobreestimulante o incluso aumentar la activación emocional. Integrar esta práctica de forma flexible, respetando las necesidades individuales del cuidador, es clave para que resulte verdaderamente útil.
Entender el porteo desde esta mirada evita idealizaciones innecesarias y permite situarlo donde realmente aporta valor: como un recurso que puede apoyar la regulación emocional adulta y reducir el desgaste, siempre dentro de un marco más amplio de cuidado, apoyo y salud mental.
Conclusiones: cuando el contexto regula lo que la voluntad no alcanza
El llanto infantil no es solo un desafío emocional, sino una señal biológica que activa sistemas profundos del cerebro adulto. A lo largo del artículo hemos visto que la forma en que esta señal se procesa no depende únicamente del sonido ni de la intención del cuidador, sino del contexto corporal, fisiológico y relacional en el que ocurre. La proximidad física, al reducir la ambigüedad sensorial y estabilizar la activación adulta, puede modificar de manera significativa cómo la amígdala interpreta y responde al llanto.
El porteo no transforma al cuidador ni elimina el cansancio inherente al cuidado temprano. Su efecto es más discreto y, por ello, más interesante desde la neurociencia: introduce condiciones que facilitan una regulación emocional más organizada y una interacción menos reactiva. No actúa sobre la voluntad, sino sobre el entorno en el que esa voluntad intenta operar. En este sentido, muchos de los límites que atribuimos a la paciencia o al autocontrol podrían estar relacionados, en realidad, con un exceso de activación sostenida.
Esta perspectiva invita a replantear una idea muy arraigada: que la calidad de la respuesta adulta depende casi exclusivamente de la fortaleza emocional individual. Si el cerebro responde de forma distinta según el contexto corporal y relacional, quizá la pregunta relevante no sea solo cómo deberíamos reaccionar ante el llanto, sino qué condiciones estamos creando para que esa reacción sea posible.
¿Hasta qué punto muchas de nuestras dificultades como cuidadores tienen más que ver con el contexto en el que cuidamos que con nuestra capacidad personal para regularnos?
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1 comentario
Excelente artículo, resaltando los beneficios emocionales de usar los portabebés que realmente desconocemos, ya saben los futuros papis! Útil y claro!