René Favaloro: La historia del bypass coronario

René Favaloro: La historia del bypass coronario

Mike Munay

La historia argentina tiene nombres que pesan. Nombres que uno pronuncia despacio, porque detrás hay algo más que una biografía: hay una forma de entender el mundo, de entender la ciencia, de entender lo que significa ser médico. Hoy le toca el turno a uno de esos nombres. Al doctor René Favaloro.

Hay descubrimientos que sacuden la medicina de arriba abajo. Los que perduran no siempre vienen de los laboratorios más equipados ni de las universidades más prestigiosas. A veces vienen de alguien que tiene algo difícil de definir y fácil de reconocer: una manera de mirar distinta. Favaloro tenía eso. Una mirada que veía donde otros no veían, y la valentía tranquila de actuar cuando la veía.

Esta es su historia.

Los orígenes de Favaloro

René Gerónimo Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en el barrio El Mondongo de La Plata. El nombre del barrio venía de los trabajadores de los frigoríficos cercanos, que recibían mondongo como parte del salario.

Su padre, Juan Bautista Favaloro, era carpintero. Su madre, Geni Ida Raffaelli, modista. Dos oficios de los que se trabajan con las manos, con paciencia, con el cuerpo inclinado sobre la madera o la tela. El propio Favaloro colaboraba de niño en el taller de su padre durante las vacaciones, transformándose en un obrero más. Esa habilidad manual, aprendida entre virutas y herramientas, acabaría siendo uno de sus sellos como cirujano.

Su abuela materna le enseñó el amor a la naturaleza. A ella le dedicaría su tesis doctoral:

«A mi abuela Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta en una pobre rama seca.»

Hay algo en esa frase que lo resume bastante bien. Favaloro siempre supo encontrar lo esencial donde otros no veían nada.

Con apenas cuatro años ya decía que quería ser doctor. La razón, quizás, era su tío médico, a quien acompañaba en el consultorio y en las visitas a domicilio. Vivía a una cuadra del Hospital Policlínico de La Plata, que sería clave en su formación años después.

Tras aprobar un examen riguroso, ingresó al Colegio Nacional de La Plata, donde recibió una formación humanística de la mano de docentes como Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña. Era el tipo de institución que formaba personas antes que profesionales.

En 1941 comenzó la carrera de Medicina en la Universidad Nacional de La Plata.

Desde el principio fue ese tipo de estudiante que incomoda a los conformistas. Mientras cursaba sus propias materias, se mezclaba con los alumnos de sexto año y se escapaba a presenciar las operaciones del profesor Federico E. B. Christmann, de quien aprendió algo que aplicaría durante toda su vida: la simplificación y estandarización en cirugía. Fue Christmann quien decía, con razón, que para ser un buen cirujano había que ser antes un buen carpintero. Lo curioso es que Favaloro ya lo era, literalmente.

Su preparación fundamental se dio durante la residencia en el Hospital Policlínico. En dos años prácticamente vivió allí, aprendió a tratar todas las patologías, pero sobre todo aprendió a respetar a los enfermos, la mayoría de condición humilde.

Entonces llegó la primera polémica.

En 1949, recién graduado, se abrió una vacante para médico auxiliar en el Policlínico. Lo llamaron para confirmarle el puesto, pero en el último renglón del formulario debía declarar que aceptaba la doctrina del gobierno. Era la Argentina de Perón. Favaloro se negó. Renunció al cargo para el que sus méritos lo calificaban sobradamente. No era un gesto de rebeldía caprichosa. Era, simplemente, una cuestión de principios, de no permitir que la medicina se alejara de cuidar de las personas.

En mayo de 1950 partió hacia Jacinto Aráuz, un pueblito de La Pampa, a reemplazar por unos meses al médico local. Pensaba que sería una parada breve. Se quedó doce años. Allí, junto a su hermano Juan José, también médico, construyeron desde cero un centro asistencial. Una casona vieja se convirtió en una clínica con veintitrés camas y sala de cirugía. Organizaron un banco de sangre viviente, tomando muestras a los habitantes del lugar y clasificándolas para emergencias. Lograron reducir la mortalidad infantil, las infecciones en los partos y la desnutrición.

Fue en esa llanura pampeana, lejos de cualquier congreso médico y de cualquier foco, donde Favaloro entendió para siempre lo que era la medicina. Poco a poco fue leyendo publicaciones sobre cirugía torácica y cardiovascular, una disciplina que en ese momento estaba empezando a desarrollarse. La inquietud fue creciendo.

En 1962, después de doce años como médico rural, decidió emigrar a Estados Unidos. El lugar elegido fue la Cleveland Clinic, por consejo de su antiguo profesor Mainetti. Llegó a Cleveland con el inglés justo para sobrevivir, dispuesto a empezar desde cero.

Cleveland, las coronarias y una vena de la pierna

Tenía treinta y nueve años. Detrás dejaba doce años de medicina rural en La Pampa, una clínica construida casi con las manos, y la certeza de que había algo más que tenía que aprender. Delante, la Cleveland Clinic: uno de los centros médicos más avanzados del mundo, donde los mejores cirujanos cardiovasculares del momento estaban reescribiendo los límites de lo posible.

No sabía inglés con suficiente soltura. No tenía el título revalidado. Y sin embargo, un año después de llegar, consiguió ser aceptado como residente en el servicio de Donald Effler, jefe de cirugía cardiovascular. Effler era un cirujano de los que marcan época: metódico, exigente, brillante. Junto a él trabajaba el doctor Mason Sones, el cardiólogo que había desarrollado la arteriografía coronaria, la técnica que por primera vez permitía ver con precisión el interior de las arterias del corazón. El laboratorio de Sones tenía la colección de cinecoronarioangiografías más grande de Estados Unidos. Era, en la práctica, el mapa más detallado que existía de la geografía del corazón humano.

Favaloro se instaló allí. Cada tarde, cuando terminaba sus obligaciones en quirófano, bajaba al laboratorio y se quedaba horas revisando esas imágenes. Una tras otra. Buscando patrones, estudiando obstrucciones, aprendiendo a leer los vasos coronarios como quien aprende a leer una ciudad desconocida, calle por calle. Era un trabajo oscuro, sin aplausos, que nadie le pedía que hiciera. Lo hacía porque necesitaba entender.

Para entender lo que Favaloro descubrió, hay que entender primero el problema que nadie sabía resolver. Las arterias coronarias son los vasos que irrigan el propio músculo del corazón: sin ellas, el corazón no recibe oxígeno y muere. Cuando la arteriosclerosis las obstruye, bloqueando el paso de la sangre, sobreviene la angina de pecho, el infarto, la muerte. En los años sesenta, ese proceso era en gran medida irreversible. Los médicos podían tratar los síntomas, pero no había forma de devolverle al corazón la sangre que le faltaba.

La arteriosclerosis coronaria consiste en la acumulación de placas de grasa y colesterol en la pared interior de las arterias coronarias, estrechando progresivamente su luz hasta reducir o interrumpir el flujo sanguíneo. Cuando la obstrucción supera el 70%, el músculo cardíaco sufre isquemia: recibe menos oxígeno del que necesita. Si la obstrucción es total y sostenida, el tejido muere. A eso se le llama infarto de miocardio.

Favaloro llevaba años mirando esas angiografías, viendo con toda claridad dónde estaban las obstrucciones, y pensando en algo que quizás otros también habían pensado pero no habían llevado hasta sus últimas consecuencias: si no se puede limpiar la arteria enferma, ¿por qué no rodearla? ¿Por qué no construir un camino alternativo que lleve la sangre desde la aorta hasta el punto sano de la arteria, saltando la parte dañada?

La idea no era completamente nueva. En cirugía vascular de extremidades ya se usaban injertos venosos para sortear arterias obstruidas en las piernas. Pero nadie lo había sistematizado en las coronarias. La razón era técnica: las arterias coronarias son vasos pequeños, delicados, en constante movimiento con los latidos del corazón. Operar en ellas exigía una precisión casi imposible, y la más mínima equivocación podía ser fatal.

A comienzos de 1967, Favaloro empezó a darle forma concreta a la idea. El vaso que utilizaría como puente sería la vena safena magna, una vena larga que recorre la cara interna de la pierna. Se puede extraer una porción de ella sin afectar la circulación de la extremidad. Es resistente. Y tiene un diámetro compatible con el de las arterias coronarias. La operación consistiría en tomar ese segmento de vena, conectar un extremo a la aorta y el otro a la arteria coronaria por debajo de la obstrucción, creando un desvío por el que la sangre pudiera circular libremente.

En mayo de 1967 lo propuso. El paciente era un hombre con la arteria coronaria derecha casi completamente ocluida, incapacitado por una angina que aparecía con el mínimo esfuerzo. Aceptó someterse a aquello que nadie había hecho antes. Favaloro operó. Nueve días después, Sones repitió la angiografía para comprobar el resultado. La sangre volvía a fluir.

El 9 de mayo de 1967 es la fecha oficial. Ese día, en Cleveland, Favaloro operó a una mujer de 51 años aplicando por primera vez de manera sistemática y documentada la técnica del bypass aortocoronario con vena safena. La operación fue un éxito. Lo que siguió fue, con el tiempo, uno de los procedimientos quirúrgicos más realizados en la historia de la medicina.

Lo que más llama la atención de Favaloro, y lo que lo distingue de muchos otros científicos que han hecho grandes descubrimientos, es lo que hizo a continuación.

No guardó la técnica. No la patentó. No la convirtió en una ventaja competitiva. La documentó con precisión quirúrgica, presentó los resultados en congresos, y la difundió por todo el mundo con la misma generosidad con la que un maestro de pueblo comparte lo que sabe.

En 1970 publicó el libro Surgical Treatment on Coronary Arteriosclerosis, donde describía la técnica en detalle para que cualquier cirujano del mundo pudiera aprenderla y aplicarla.

«Muchas veces tuve que hacer mi relato en primera persona, ya que participé activamente con nuevas ideas en el desarrollo de la cirugía coronaria. No hacerlo hubiera sido un exceso de modestia. Pero debe quedar en claro que para mí lo individual no cuenta. Es tiempo de entender que el yo ha sido reemplazado por el nosotros.»

Desde entonces, el bypass coronario ha salvado más de 55 millones de vidas en todo el mundo. Hoy se realizan alrededor de 800.000 operaciones de este tipo cada año solo en los países con datos disponibles. Es uno de los 400 inventos más importantes de la historia de la humanidad según la plataforma cultural de Google. Y nació en la mente de un médico rural argentino que llegó a Cleveland sin saber inglés, que se quedaba hasta tarde en un laboratorio a mirar imágenes que nadie le pedía que mirara, y que pensó que si la sangre no podía pasar por donde siempre había pasado, quizás simplemente había que abrirle otro camino.

En 1971, Favaloro renunció a la Cleveland Clinic y volvió a Argentina. En su carta de despedida al doctor Effler escribió que quería dedicar el último tercio de su vida a construir algo en su propio país. Algo que combinara cirugía, investigación y educación. Algo que formara a los cirujanos del futuro. Esa obsesión lo acompañaría hasta el final.

El regreso, el sueño y el precio de ser honesto

En 1971, Favaloro rechazó todas las ofertas que la Cleveland Clinic y otras instituciones americanas le habían puesto encima de la mesa. Eran ofertas que cualquier médico del mundo habría aceptado sin pensarlo. Él las rechazó una por una y volvió a Buenos Aires con una idea fija: construir en su propio país algo parecido a lo que había visto en Ohio. Un centro que uniera cirugía, investigación y formación. Un lugar donde la excelencia técnica no fuera privilegio de quien pudiera pagarlo. Volvió, como él mismo diría años después, porque creía que la patria se construía también desde el quirófano.

Los primeros años fueron de trabajo puro. Operó en el Sanatorio Güemes junto al cardiólogo Luis de la Fuente, quien había sido clave para convencerlo de regresar y que sería su socio intelectual durante décadas. La dupla funcionaba con una lógica casi matemática: De la Fuente hacía los diagnósticos y los cateterismos, Favaloro no entraba al quirófano si el otro no le había dado el visto bueno. Era una cuestión de rigor. De responsabilidad compartida. Favaloro no concebía la cirugía como un acto individual.

En 1975 fundó formalmente la Fundación Favaloro, aunque la idea había venido madurando desde antes. Cuenta la historia que una noche de la década del setenta, Favaloro y De la Fuente cenaban en casa de un paciente agradecido. Entrada la madrugada, con el vino haciendo su trabajo, surgió la idea de crear una fundación. Favaloro inicialmente no quería que llevara su nombre. Lo convencieron. Con el tiempo, aquella conversación nocturna se convertiría en uno de los centros cardiovasculares más importantes de América Latina.

La Fundación creció. En 1980 creó el Laboratorio de Investigación Básica, que financió durante años con dinero propio. En 1992 se inauguró el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular en Buenos Aires, con el lema que Favaloro nunca cansó de repetir: tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico. En 1998 nació la Universidad Favaloro. Formó a más de cuatrocientos médicos residentes. Atendió cientos de miles de consultas. Realizó más de veinte mil cirugías. Los números son impresionantes, pero lo que de verdad le importaba a él era otra cosa: que ningún paciente fuera rechazado por falta de recursos. La Fundación jamás lo hizo.

Eso, que era su mayor orgullo, acabaría siendo también su ruina.

Porque Favaloro no era solo un cirujano. Era un hombre con opiniones, y las expresaba. Calificaba al sistema de salud argentino de caótico, injusto y deshumanizado. Denunciaba públicamente la corrupción de los sindicatos médicos, de las obras sociales, de los funcionarios que entendían la salud pública como una fuente de negocio privado. Escribió libros, condujo programas de televisión, dio discursos en universidades de medio mundo.

En 1984, el presidente Alfonsín lo nombró miembro de la CONADEP, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas creada para documentar los crímenes de la dictadura. Favaloro aceptó. Pero renunció poco después, en un gesto que lo define: se negó a formar parte de una comisión que, según él entendía, no tenía atribuciones para investigar también los crímenes de la Triple A, el grupo parapolicial que había operado bajo el gobierno de Isabel Perón. Para Favaloro, la ética no admitía medias tintas. Los crímenes eran crímenes, independientemente de quién los cometiera.

Esa actitud le granjeó respeto y admiración. Y también enemigos. Como él mismo escribiría con amarga lucidez, molestaba. Un médico que decía en voz alta lo que otros pensaban en silencio no era cómodo. Un médico que se negaba a jugar con las reglas del sistema era un problema.

Los años noventa fueron la década en que el sistema empezó a devolverle la pelota. La Fundación atendía pacientes de obras sociales y del PAMI, el programa de atención médica para jubilados y pensionados. Prestaba los servicios, emitía las facturas, y esperaba el pago. El pago no llegaba. Las facturas se acumulaban. Entre 1993 y 1995, durante la gestión de Víctor Alderete al frente del PAMI, el organismo se negaba directamente a recibir las facturas de la Fundación. No había registro contable de la deuda porque el PAMI se había negado a registrarla. Era una manera elegante de hacerla desaparecer.

El PAMI es el mayor organismo de salud pública de Argentina, encargado de la atención médica de jubilados y pensionados. Durante los años noventa, fue reiteradamente señalado como uno de los focos de corrupción más sistematizados del país. Las deudas con prestadores médicos eran habituales y respondían en muchos casos a una lógica de negociación extorsiva: los hospitales y clínicas que se negaban a pagar comisiones informales veían sus facturas ignoradas o demoradas indefinidamente.

Para el año 2000, la situación era insostenible. La Fundación acumulaba deudas propias por más de cuarenta millones de dólares. Al mismo tiempo, el Estado y distintas obras sociales le adeudaban más de dieciocho millones por servicios ya prestados. El principal deudor era el IOMA, la obra social de la provincia de Buenos Aires. Le seguía el PAMI, con cerca de tres millones pendientes por aquellas 195 facturas que nadie había querido recibir años antes. Había también pagos pendientes de otras obras sociales, de prepagas, de organismos oficiales. No era un problema de gestión interna. Era el resultado acumulado de años en que el sistema había aprendido que a Favaloro se le podía no pagar.

Favaloro escribió cartas. Muchas cartas. A funcionarios, a empresarios, a bancos, a fundaciones. Las escribía con la misma precisión con que describía una técnica quirúrgica: exponía el problema, documentaba los hechos, proponía soluciones concretas. Nadie respondía. El país que lo ovacionaba en los congresos internacionales, que ponía su nombre en hospitales y en leyes, que lo consideraba uno de los grandes argentinos del siglo, no encontraba ni seis millones de dólares para sostener la institución que él había construido con décadas de trabajo.

«Estoy pasando uno de los momentos más difíciles de mi vida. La Fundación tiene graves problemas financieros. En este último tiempo me he transformado en un mendigo. Mi tarea es llamar, llamar y golpear puertas para recaudar algún dinero que nos permita seguir.»

Lo escribió él. Con esas palabras. Un hombre que había operado trece mil corazones, que había formado a cuatrocientos médicos, que había inventado uno de los procedimientos quirúrgicos más utilizados en la historia de la medicina, describiendo su situación como la de un mendigo en su propio país.

Quienes lo conocían de cerca empezaron a notar el deterioro. La tristeza que se instalaba en los ojos cuando hablaba de la Fundación. El cansancio de seguir peleando contra una corriente que no cedía. Pero no dejó de trabajar. Daba clases, operaba, escribía artículos científicos, se presentaba en congresos. Hasta el final mantuvo esa disciplina de médico rural que había aprendido en La Pampa, cuando no había nadie más y el paciente esperaba. Lo que se quebraba por dentro era otra cosa: la convicción de que el país que él había elegido frente a todas las otras opciones podría estar a la altura de lo que él le estaba ofreciendo.

El viernes 28 de julio de 2000, el directorio de la Fundación le pidió que el lunes siguiente realizara una reducción drástica de personal. Que despidiera al equipo de médicos que él mismo había formado. Ese mismo viernes, escribió una carta al presidente Fernando de la Rúa pidiéndole que intercediera para conseguir un préstamo de seis millones de pesos. La carta terminaba con tres palabras: Estoy desesperado. De la Rúa no la leyó hasta el lunes.

El sábado 29 de julio de 2000

Esa mañana se levantó temprano, como siempre. Desayunó con Diana Truden, su novia, treinta y un años, con quien pensaba casarse en agosto. Bajó al garaje, se subió a su Peugeot 505 de más de quince años de antigüedad y condujo hasta la Fundación en la avenida Belgrano. Llegó puntual, saludó a cada empleado con el que se cruzó en los pasillos, se detuvo cuando un médico le consultó un caso, pidió la placa, la levantó a contraluz, dio su opinión. Luego se encerró en su despacho, revisó estudios clínicos, evaluó imágenes. Trabajó hasta el mediodía.

Nadie notó nada fuera de lo ordinario. O quizás sí lo notaron, y ya llevaban meses notándolo, y se habían acostumbrado a ver en él ese peso que no se iba. A las 13:30 regresó al departamento de la calle Dardo Rocha para almorzar con Diana. Comieron algo frugal. Hablaron del casamiento, de la lista de invitados, del vestido que ella se había probado. Después sonó el portero eléctrico. El hermano de Diana pasaba a buscarla. Favaloro le dijo que él iría a La Plata por la tarde.

Mintió. Esperó a quedarse solo.

Lo que hizo a continuación lo dice todo sobre quién era. Se bañó. Se afeitó. Se puso el pijama y las pantuflas. Fue al dormitorio, sacó de un cajón siete cartas que había escrito en los días anteriores y un arma. Dejó los sobres en la mesa del comedor, en un lugar bien visible. Volvió al baño. Pegó en el espejo una nota dirigida a las autoridades competentes. Luego se miró. Se enfrentó con sus propios ojos por última vez. Apoyó el revólver contra la parte izquierda del tórax. Ahí, sabía mejor que nadie, no podía fallar.

La autopsia la realizó el médico forense Osvaldo Raffo. La hora de muerte fue determinada a las 16:45 de ese sábado. El informe señalaba la precisión del disparo: únicamente podía haber aplicado tal efecto un facultativo especialista en cardiología, alguien que sabía con exactitud que la lesión causada por la bala en ese lugar sería, justamente, el estallido del corazón.

Había operado trece mil corazones. Conocía ese órgano mejor que cualquier otra cosa en el mundo. Y eligió ese lugar, y no otro, para terminar.

Las siete cartas que dejó sobre la mesa no eran despedidas sentimentales. Eran documentos. Había una para Diana, otra para su familia, otras para colegas y amigos, y al menos una dirigida a las autoridades del país, que era en realidad un testimonio descarnado del sistema que había destruido su obra. En ella explicaba las deudas, nombraba a los responsables, describía con precisión quirúrgica el mecanismo de corrupción que había vaciado las obras sociales durante años. La firmó a las 14:30 de ese mismo sábado.

«Debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina, parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza. Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos. Como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno.»

Y más adelante, en ese mismo texto que es uno de los documentos más dolorosos que ha producido la ciencia argentina:

«Es indudable que ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar. La mayoría del tiempo me siento solo. Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.»

Había pedido que no hubiera ninguna ceremonia. Ni religiosa ni civil. Que lo cremaran y esparcieran sus cenizas en Jacinto Aráuz, aquel pueblito pampeano donde había pasado doce años siendo el médico de todos. En mayo de 2001, su familia cumplió el pedido. Sus cenizas volvieron a la llanura donde había aprendido, como él mismo dijo una vez, el profundo sentido social de la vida.

Tras el escándalo de su muerte, las deudas que habían asfixiado la Fundación estaban en proceso de regularización. Los dieciséis millones que el PAMI, las obras sociales, los sindicatos y el Ministerio de Salud le debían empezaron a moverse en cuanto Favaloro no estaba para reclamarlos en vida. El sistema que lo había ignorado durante años encontró de pronto la manera de funcionar cuando ya no había nadie a quien rendirle cuentas.

Hay algo en la historia de Favaloro que va más allá de la medicina, más allá de Argentina, más allá del bypass y de la corrupción y de los dieciocho millones sin pagar. Hay algo en ella que habla de un tipo de persona que existe en todas las culturas y en todas las épocas: el que se niega a doblegarse. El que tiene un código y lo mantiene aunque le cueste caro. El que entiende que hay cosas que no se pueden cambiar sin dejar de ser quien uno es.

Favaloro podría haber sido rico. Podría haberse quedado en Cleveland, donde le ofrecían todo. Podría haber cobrado los retornos que el sistema médico argentino consideraba parte del paisaje. Podría haber aceptado que la Fundación se achicara, que él ocupara un rol honorario, que las cosas funcionaran más o menos. Tenía razones de sobra para seguir.

No pudo. No porque fuera débil, sino precisamente porque era demasiado él mismo. Llevaba toda la vida sin ceder un milímetro en lo que consideraba fundamental, y cuando el sistema le exigió que cediera en lo más grande, en el sueño para el que había vuelto a Argentina, encontró que no había manera de hacerlo sin traicionar algo que era más profundo que la voluntad de vivir.

Hay científicos que cambian el mundo con un descubrimiento. Hay médicos que cambian el mundo con una técnica. Favaloro hizo ambas cosas.

Cada año se realizan en el mundo alrededor de ochocientas mil cirugías de bypass coronario. Cada una de ellas lleva dentro, de alguna manera, las manos de ese hijo de carpintero que creció a una cuadra de un hospital en un barrio de inmigrantes, que se quedó doce años en un pueblo de La Pampa cuando podría haberse ido, que llegó a Cleveland sin saber inglés y se quedó hasta tarde en un laboratorio mirando imágenes que nadie le había pedido que mirara.

Cincuenta y cinco millones de vidas, según las estimaciones disponibles. Cincuenta y cinco millones de personas que siguieron respirando porque un hombre pensó que si la sangre no podía pasar por donde siempre había pasado, había que abrirle otro camino.

Sus cenizas están en Jacinto Aráuz. El corazón del mundo sigue latiendo gracias a él.

FAQs. Preguntas frecuentes sobre René Favaloro

¿Quién fue René Favaloro y por qué ocupa un lugar tan importante en la historia de la medicina?

René Favaloro fue un médico y cirujano cardiovascular argentino que desarrolló y difundió de forma sistemática el bypass aortocoronario con vena safena, una técnica que transformó el tratamiento de la enfermedad coronaria. Su importancia no se debe solo al impacto quirúrgico de ese avance, sino también a su visión de una medicina unida a la investigación, la docencia y el compromiso social.

¿En qué consiste exactamente el bypass coronario que desarrolló Favaloro?

El bypass coronario es una operación en la que se utiliza un vaso sanguíneo del propio paciente, con frecuencia la vena safena de la pierna, para crear una nueva ruta que lleve sangre hasta una zona del corazón situada más allá de una arteria obstruida. En lugar de eliminar la placa, la cirugía construye un desvío para restaurar el riego sanguíneo del músculo cardíaco.

¿Qué problema médico intentaba resolver esta técnica?

La técnica buscaba tratar la reducción del flujo sanguíneo en las arterias coronarias causada por la aterosclerosis. Cuando esas arterias se estrechan o se bloquean, el corazón recibe menos oxígeno, lo que puede provocar angina de pecho, infarto de miocardio y daño irreversible del tejido cardíaco.

¿Por qué fue tan revolucionaria la idea de usar una vena de la pierna en el corazón?

Fue revolucionaria porque permitió aplicar un principio ya conocido en cirugía vascular periférica a un territorio mucho más delicado y complejo. Las arterias coronarias son pequeñas, se mueven con cada latido y exigen una precisión extrema, de modo que demostrar que una vena podía funcionar como puente seguro en ese contexto cambió la cirugía cardíaca para siempre.

¿Cuándo realizó Favaloro el primer bypass coronario exitoso y qué ocurrió después?

La primera intervención sistemática y documentada se realizó en mayo de 1967 en la Cleveland Clinic. Tras comprobarse angiográficamente que la sangre volvía a circular por el nuevo trayecto, la técnica empezó a difundirse de forma internacional y terminó convirtiéndose en uno de los procedimientos más practicados de la cirugía cardiovascular moderna.

¿Por qué Favaloro decidió volver a Argentina después de su éxito en Estados Unidos?

Favaloro regresó porque quería construir en su país una institución que integrara asistencia de alta complejidad, investigación biomédica y formación de nuevos profesionales. Su objetivo no era solo operar, sino crear un modelo de medicina de excelencia que también tuviera vocación pública y un fuerte sentido humanista.

¿Qué relación hubo entre la crisis económica de la Fundación Favaloro y la muerte del cirujano?

La crisis estuvo marcada por deudas millonarias acumuladas por organismos y obras sociales que no pagaban servicios ya prestados, lo que colocó a la Fundación en una situación límite. Ese deterioro financiero, sumado al agotamiento emocional y a su choque constante con la corrupción del sistema sanitario, formó parte del contexto de enorme desesperación que precedió a su muerte en 2000.

¿Se sigue utilizando hoy el bypass coronario o ha sido reemplazado por completo por los stents?

El bypass coronario sigue siendo una cirugía fundamental y no ha desaparecido con la llegada de los stents. En pacientes con enfermedad coronaria extensa, lesiones en varios vasos o afectación del tronco coronario izquierdo, la cirugía puede ofrecer mejores resultados a largo plazo en supervivencia, necesidad de nuevas intervenciones y control de síntomas.

¿Qué vasos además de la vena safena pueden usarse en un bypass coronario?

Además de la vena safena, hoy se emplean con mucha frecuencia arterias como la mamaria interna y la radial. En muchos casos, los injertos arteriales ofrecen una mayor durabilidad que los venosos porque resisten mejor la presión y tienden a mantenerse permeables durante más tiempo.

¿Qué impacto global tiene la enfermedad coronaria que Favaloro ayudó a tratar mejor?

La enfermedad coronaria sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo y forma parte del gran grupo de enfermedades cardiovasculares que provocan millones de fallecimientos cada año. Por eso, una técnica capaz de mejorar el flujo sanguíneo del corazón en casos graves ha tenido un efecto enorme en supervivencia, calidad de vida y desarrollo de la cardiología moderna.

 

Referencias

Fuentes primarias y documentos originales

Favaloro, R. G. (2000, 29 de julio). Carta a las autoridades competentes [Manuscrito]. Reproducida íntegramente en El Historiador. https://elhistoriador.com.ar/carta-escrita-por-rene-favaloro-antes-de-su-muerte/

Favaloro, R. G. (1970). Surgical treatment on coronary arteriosclerosis. Williams & Wilkins.

Favaloro, R. G. (1980). Recuerdos de un médico rural. El Ateneo.

Favaloro, R. G. (1992). De La Pampa a los Estados Unidos. El Ateneo.

Favaloro, R. G. (1998). Don Pedro y la educación. El Ateneo.

Artículos científicos

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Favaloro, R. G. (1969). Saphenous vein graft in the surgical treatment of coronary artery disease: Operative technique. Journal of Thoracic and Cardiovascular Surgery, 58(2), 178–185.

Westaby, S., & Bosher, C. (1997). René Favaloro and the development of coronary artery bypass surgery. En Landmarks in Cardiac Surgery (pp. 197–202). Isis Medical Media.

Calafiore, A. M., & Giammarco, G. D. (2000). René Favaloro MD (1923–2000). Revista Médica de Chile, 128(9), 1065–1066. https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872000000900018

Katz, A., & Katz, A. M. (2000). In memoriam: René Gerónimo Favaloro (1923–2000). Circulation, 102(16), 1842. https://doi.org/10.1161/01.CIR.102.16.1842

Lüderitz, B. (2001). René Favaloro (1923–2000): pioneer of coronary artery bypass surgery. Journal of Interventional Cardiac Electrophysiology, 5(1), 129–130. https://doi.org/10.1023/A:1009889408573

Fonseca, D., Orozco, L., & Mora, F. (2012). René Gerónimo Favaloro: su trayectoria y su polémica decisión. Archivos de Cardiología de México, 82(3). https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-00992012000300010

Fuentes institucionales

Fundación Favaloro. (2018). Biografía de René Favaloro. https://www.fundacionfavaloro.org/biografia/

Fundación Favaloro. (2022, 9 de mayo). El bypass, la técnica creada por Favaloro que mejoró la vida de millones de pacientes. https://www.fundacionfavaloro.org/el-bypass-la-tecnica-creada-por-favaloro-que-mejoro-la-vida-de-millones-de-pacientes/

Ministerio de Educación de la Nación Argentina / Educ.ar. (s.f.). Humildad, pasión y educación: vida y obra de René Favaloro. https://www.educ.ar/recursos/158866/humildad-pasion-y-educacion-vida-y-obra-de-rene-favaloro

Presidencia de la Nación Argentina. (2023, 12 de julio). A 100 años del nacimiento de René Favaloro. https://www.argentina.gob.ar/noticias/100-anos-del-nacimiento-de-rene-favaloro

Wikipedia. (2025). René Favaloro. En Wikipedia, La enciclopedia libre. Consultado el 25 de marzo de 2026. https://es.wikipedia.org/wiki/René_Favaloro

Wikipedia. (2025). Fundación Favaloro. En Wikipedia, La enciclopedia libre. Consultado el 25 de marzo de 2026. https://es.wikipedia.org/wiki/Fundación_Favaloro

Fuentes periodísticas y biográficas

Morosi, P. (2020). Favaloro, el gran operador. Penguin Random House.

El Historiador. (2020, 4 de mayo). René Favaloro, a corazón abierto. https://www.elhistoriador.com.ar/rene-favaloro-a-corazon-abierto/

Infobae. (2023, 12 de julio). Favaloro: sus 24 horas antes de morir, pedidos de auxilio sin respuesta y una bala en el corazón. https://www.infobae.com/sociedad/2023/07/12/favaloro-sus-24-horas-antes-de-morir-pedidos-de-auxilio-sin-respuesta-y-una-bala-en-el-corazon/

Infobae. (2023, 12 de julio). La última carta de Favaloro: "El cirujano vive con la muerte, con ella me voy de la mano". https://www.infobae.com/sociedad/2023/07/12/la-ultima-carta-de-favaloro-donde-anuncio-su-tragico-final-el-cirujano-vive-con-la-muerte-con-ella-me-voy-de-la-mano/

Infobae. (2023, 12 de julio). René Favaloro íntimo: su vida fuera del quirófano, sus domingos en familia, sus dotes como cocinero y el legado profesional. https://www.infobae.com/sociedad/2023/07/12/rene-favaloro-intimo-su-vida-fuera-del-quirofano-sus-domingos-en-familia-sus-dotes-como-cocinero-y-el-legado-profesional/

Infobae. (2025, 29 de julio). A 25 años de la muerte de René Favaloro: cómo fueron sus últimas horas y las siete cartas que dejó como testimonio. https://www.infobae.com/sociedad/2025/07/29/a-25-anos-de-la-muerte-de-rene-favaloro-como-fueron-sus-ultimas-horas-y-las-siete-cartas-que-dejo-como-testimonio/

Infobae. (2025, 12 de julio). René Favaloro: el hombre que pensó en el corazón argentino y terminó revolucionando la medicina del mundo. https://www.infobae.com/sociedad/2025/07/12/rene-favaloro-el-hombre-que-penso-en-el-corazon-argentino-y-termino-revolucionando-la-medicina-del-mundo/

Infobae. (2025, 9 de mayo). El legado de René Favaloro y una técnica que transformó la medicina mundial. https://www.infobae.com/salud/2025/05/09/el-legado-de-rene-favaloro-y-una-tecnica-que-transformo-la-medicina-mundial/

La Nación. (2020, 29 de julio). René Favaloro: la conmovedora carta que escribió antes de su muerte. https://www.lanacion.com.ar/sociedad/rene-favaloro-la-conmovedora-carta-escribio-antes-nid2407521/

Tesis doctorales

García Prada, J. M. (2014). El descubrimiento y popularización del bypass aortocoronario por René Favaloro a través de su concepción humanística [Tesis doctoral, Universidad de Valladolid]. Dialnet. https://dialnet.unirioja.es/servlet/tesis?codigo=53981

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3 comentarios

Eu já tinha ouvido falar do bypass, mas nunca tinha parado para pensar na história por trás. Esse artigo é quase um soco emocional.

Lucas Ferreira

Eu já tinha ouvido falar do bypass, mas nunca tinha parado para pensar na história por trás. Esse artigo é quase um soco emocional.

Lucas Ferreira

No conocía en detalle la historia personal de Favaloro… impresionante y durísima a la vez. Me ha dejado pensando bastante más allá de la medicina.

Sergio Valdés Ortega

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